Un beso primero, luego un abrazo sin la parte superior de la ropa (sintiendo el contacto de la piel), las manos recorriendo la espalda, los hombros, los brazos y el pecho. Ya el culo me dolía, y el chochito también, pero la necesidad de acabar la noche a lo grande me impulsaba a más, dejando mis sentimientos de mujer floja a un lado. Los vestidos y las faldas eran sus preferidos, lo deduje por el número; en segundo lugar se hallaban las blusas, todas con escotes pronunciados; y por último estaba la ropa interior. Carlos era ingeniero informático y tenía su propia empresa de administración de software, Alberto relató parte de su rutina como contador – auditor de una empresa dedicada a fabricar dulces y galletas; y por último, Helena y yo hablamos de la importancia de las tareas domésticas, y de los vicios comunes de nuestros esposos como: convertir la sala en un cesto de ropa sucia, comer en la cama, y pasar los domingos viendo los juegos de fútbol de toda la semana religiosamente grabados. Ella se arrodilló en el sofá para que yo me pudiera erguir por completo, y nos dimos un beso largo y apasionado, mientras nos abrazamos con cariño casi infantil. Todos la observamos con descaro y atención unos segundos, y ella trató de restarle importancia al asunto con un ademán:—Demasiado calor—, dijo. |