—No bromee con esas cosas —dijo de repente, triste y apocado, con un tono serio, al tiempo que bajaba los ojos en lo que parecía un reflejo ocasionado por la vergüenza del momento, pero que era, en realidad, la fuga al terrible hedor que desprendía la boca de aquella porcina mujer—, se lo ruego. Durante el beso, una bola viscosa y aterciopelada, no muy grande, del tamaño de un riquísimo fresón, pasó de una boca a la otra. La mujer. Gustaba a hombres y mujeres por igual, y había gozado —según él— de la experiencia que podían proporcionarle ambos sexos, aunque sentía una gran debilidad por la mujer joven y hermosa. Fernando comenzó a marearse y su pobre pajarito volvió a desinflarse. Y era cierto. |