La complacencia del contacto sexual me hizo entrar en un creciente estado de éxtasis durante el coito. Inhalando aire, alcé la vista al cielo con una sonrisa en los labios. Probablemente lo notó (me cuesta creer que no reparara en cualquier menudencia que diferenciara a su marido de mí), pero opino que se dejó llevar por el extravío erótico del momento. Percibí el gusto acre de sus jugos vaginales gracias a las papilas gustativas de mi lengua y noté como parte de su néctar se deslizaba por las comisuras de mis lascivos labios, con los que libaba con la desmedida ansiedad del que ve llegar el fin del mundo en la forma de un gigantesco asteroide. El examen introspectivo que mi mente estaba llevando a cabo sin mi permiso seguía martirizándome. Tanto el tiempo como las percepciones sensoriales perdieron su significado. |