No quería… decir… balbuceó. No se que decir – contesté. Después de quedarme relajada me puse un albornoz y me fui a despertar a mi hija, le di la merienda y estuve jugando un rato con ella, yo me sentía contenta y parecía que ella lo notaba pues no paraba de reír conmigo. Le pedí que se viniera a comer a casa, salimos del bar y así lo hizo. Me parece – respondí¿Toda la tarde? –volvió a preguntar. Solo una cosa tenía clara, Q sería el maestro de ceremonias, el impondría las normas y mi marido y yo las acataríamos… acataríamos…esta palabra me daba escalofríos, implicaba sumisión, abandono, obediencia y esto me ponía caliente… muy caliente. |