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EN PLENA CALLE Su cara reflejaba ardor y ansiedad apartes iguales, su mirada era ávida y su voz decidida
Lo que voy a narrar a continuación me ocurrió hace ya bastante tiempo. Yo era un
chico bastante tímido, de 21 años. Nunca había tenido demasiado éxito con las
chicas, aunque dicen que soy atractivo. Tengo el pelo moreno, ojos azules
rasgados, labios algo gruesos, alto y, fuerte y más bien delgado. Era mi timidez
la que me hacía fracasar una y otra vez y eso causa una gran frustración a
alguien que, como yo, tenía un lugar muy elevado para el sexo entre sus
prioridades.
En aquella época salía con una chica, a la que había conocido en Internet. No
voy a revelar su nombre, así que le llamaré Lis, pues así se hacía llamar en
aquel Chat donde empezó todo. El mío era Bécquer. Una noche habíamos salido de
fiesta, era sábado y ya habíamos bebido bastante, aunque el alcohol no nos había
afectado tanto como para no saber controlarnos. Hacia las cuatro de la
madrugada, cuando empezaron a cerrar los bares de copas, empezamos a acusar el
cansancio de tres noches de diversión y decidimos que ya estaba bien por esa
noche, así que la acompañé a su casa.
Como ya he dicho, eran las 4 de la madrugada y eso, unido a que la población de
la ciudad desciende a la mitad en verano, hizo que, en cuanto nos alejamos de
los bares de copas, nos encontráramos andando por unas calles prácticamente
desiertas. Habíamos caminado durante un buen rato cuando Lis se quejó de que
tenía los pies doloridos por los tacones, así que nos sentamos en un banco
iluminado por una farola que se alzaba junto a él.
Seguía sin pasar casi nadie, la noche era calurosa y Lis estaba más bonita que
nunca. Además hacía mucho que el alcohol, la música y el ambiente de los bares
habían hecho su efecto en mi libido. Miré a Lis para comprobar, por enésima vez
aquella noche, lo atractiva que estaba. Repasé con la mirada su figura y su
ropa, observé la silueta de su cuerpo enmarcada por una fina camiseta de
tirantes de color rojo y una breve y oscura falda vaquera, me detuve finalmente
en sus labios finos y rojos, adornados por un pequeño lunar y entonces los besé.
No hizo falta nada más para despertar en ella un ardor que, al igual que yo,
había contenido durante toda la noche.
Aquel beso tuvo la urgencia y la profundidad de la impaciencia, unimos los
labios entreabiertos, lamimos nuestras lenguas y nos saboreamos mutuamente.
Después besé su cuello, su escote, acaricié sus muslos mientras le besaba y
decidí que aquella noche no me importaba lo que pudiera pasar. Lis se levantó
del banco, me dio un fugaz beso y se sentó a horcajadas en mi regazo, de frente
a mí. Desde ese momento nos besamos aún más apasionadamente empezamos a
acariciarnos, introduje las manos bajo su camiseta, descubriendo que, como me
había parecido, no llevaba sujetador, toqué sus pechos, los rodeé con mis manos,
los acaricié, deseaba verlos, pero estábamos en la calle y podrían descubrirnos.
De repente, Lis puso una mano en mi bragueta y empezó a acariciarme, apretando
cada vez más sobre la fina tela de mi pantalón. Estaba muy excitado y una mancha
de flujo en mi pantalón me dijo que ella lo estaba. Le propuse ir a mi casa pues
esa noche no había nadie. Se negó. –Ahora no puedo parar- dijo. En ese momento
cogió la cremallera con dos dedos y la bajó lentamente. Luego rebuscó tras la
goma de mi bóxer y mi polla salió, erecta, dura, dispuesta. Lis la acarició y la
masajeó mientras con otra mano acariciaba mis testículos. Su cara reflejaba
ardor y ansiedad apartes iguales, su mirada era ávida y su voz decidida.
Yo no podía ni quería resistirme más, y no me importaba que estuviéramos en la
calle ni que pudiesen vernos. Levanté su minifalda, le aparté el tanga y le
acaricié el fino vello de su pubis. Deslicé los dedos entre sus labios, de atrás
a delante, acariciando el clítoris con cada movimiento, introduciéndose en su
rajita... Alguien pasó y me detuve de golpe. Se trataba de otra pareja algo
mayor que nosotros que caminaba cogida de la mano, mirándose y besándose a cada
momento, dispuestos quizás a tener su propia noche de sexo. Nos miraron por un
momento sin detenerse y pude ver fugazmente los ojos de la chica, grandes y
claros si la oscuridad de la noche no me engañaba. Vi también cuando pasaron de
largo que tenía un bonito culo y unas piernas largas y bien formadas y que Lis
también se había fijado en el culo de aquel chico. No sabíamos si aquella pareja
se había dado cuenta de lo que hacíamos, pero todo eso nos excitó aún más.
Enseguida volvimos a olvidarnos del resto del mundo. Lis se levantó y se volvió
a sentar, esta vez de espaldas a mí, de modo que su coñito quedó al alcance de
mis dedos y su culo se movía contra en mi sexo erecto. En esa postura tuve por
fin todo su cuerpo a mi disposición y no tardé en abrirme camino bajo su falda y
su tanga con una mano para masturbarle a la vez que besaba la tersa piel de su
cuello y apretaba uno de sus pechos con la mano que me quedaba libre. Empezó a
gemir, cada vez más fuerte, cada vez más deprisa. De repente me quitó la mano de
su coño, se incorporó ligeramente y quitándose el tanga se volvió a sentar para
que mi polla la penetrara. No pude aguantar un grito de excitación cuando me
encontré dentro de ella.
Me sentía como en un sueño, mi mayor fantasía se estaba cumpliendo. No sé cuanto
tiempo seguimos así, pero fue largo. Intentábamos movernos lentamente, ser
discretos, para que nadie se percatara de lo que estábamos haciendo y eso
aumentaba la excitación y el deseo a la vez que nos obligaba a retrasar nuestro
placer. En ese rato pasaron algunas personas, sin duda recién salidas de los
bares que estaban cerrando y en esos momentos disminuíamos el ritmo, pero no nos
deteníamos, procurábamos contener los gemidos, pero era inevitable que algún
jadeo se dejara oír en la oscuridad de la noche.
La siguiente vez que alguien pasó se trató de un grupo de chicos y chicas que
aún no debían tener 20 años que se cruzaron frente a nosotros justo en el
momento en que un largo gemido de Lis y un estremecimiento en su cuerpo, me
anunciaron que al fin se estaba corriendo sobre mí, en plena calle y con el
tanga abandonado en el suelo ante la mirada de aquel grupo de chavales que, a
buen seguro, se hubieran puesto a 100 allí mismo si hubiesen sido consciente de
lo que veían.
Después de esa noche siguieron otras experiencias en ascensores, parques,
habitaciones de casas donde había más gente ignorante de nuestras actividades…
Cualquier lugar valía y aún es así. Nunca me han descubierto y espero que mi
suerte continúe. Lis y yo cortamos hace tiempo, pero nunca olvidaré como me
libró para siempre de mi timidez.
Autor: Eduardo