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Se encontraba todavía en ese estado de semi vigilia tan dulce, con el
sol calentándole la cara, justo saliendo del sueño de una tarde de
verano. Sentía aquella sensación de tranquilidad al despertarse de una
siesta de vacaciones, sabiendo que no había prisa por desperezarse. Se
estiraba poco a poco, con el libro todavía sobre las piernas desnudas.
Hacia rato ya que yacía en la silla, en la terraza del apartamento que
había alquilado. Se sentía libre. En sus treinta años, era la primera
vez que estaba sola, sin los niños, que estaban ahora con su ex-marido.
Llevaba una camiseta corta, blanca como sus braguitas. El calor le hizo
entrar sed y se levantó para ir a la cocina. En el momento de
incorporarse se percató de la presencia de un hombre, de unos 45 años,
con la piel muy morena del sol, vestido con unos tejanos y una camisa
abierta, en la terraza frente a la suya.
Se sobresaltó. No pudo ver sus ojos, ocultos tras las gafas de sol, pero
la intranquilizaba que la hubiera visto dormida, con la camiseta tan
corta, sabiendo que podía haberse recreado en la visión de sus
braguitas. Por otra parte, no hubiera sido tan extraño. Tenía unas
piernas magníficas, ahora de un color doradito por el sol.
No le dio más vueltas y se dirigió a la cocina. Al abrir la nevera
encontró una botella de vino blanco abierta, recién empezada. Ella no
bebía, pero la visión de aquella botella daba más sentido a su sensación
de libertad. ¿Por qué no? La cogió, juntó con una copa y se sentó frente
al televisor. En realidad no prestaba atención a la pantalla. Se
limitaba a saborear su nueva libertad, mientras vaciaba copa tras copa
durante un buen rato. ¿Tampoco pasaba nada, no?, mientras abría la
segunda.
Al rato empezó a sentirse acalorada. Debía ser el vino, pensó. Al
asomarse a la ventada del comedor volvió a ver al mismo hombre, saliendo
otra vez a la terraza.
Y fue en ese momento cuando se le ocurrió. El vino, el calor, la
sensación de estar sola en casa, se mezclaron, convirtiéndose en una
idea que poco a poco va cogiendo fuerza y que no resiste a la pregunta
de ¿por qué no?.
A medida que se decidía se daba cuenta de que el calor le enrojecía las
mejillas y se sorprendió notando como los pezones le tensaban la
camiseta. Al fin y al cabo no le conocía de nada y eso la excitaba más.
Sin darse margen para replanteárselo, decidió salir otra vez a la
terraza, aprovechando que el hombre estaba solo, apoyado en la
barandilla. Los latidos de su corazón se aceleraron, como si no creyera
lo que estaba a punto de hacer. Espió al hombre para comprobar si
todavía estaba allí y salió fuera, sin pensárselo, simulando no haber
notado su presencia. Estaba tremendamente nerviosa, y la vergüenza y la
excitación se le mezclaban en el rostro. Evitando mirárselo, se apoyó en
la barandilla, mirando hacia abajo. Se demoró encendiendo un cigarrillo,
hasta estar segura de haber captado su atención. Y no pudo controlarse.
Sentía la camiseta levantada hasta sus nalgas, con las braguitas
clavadas en su piel. Se dio la vuelta, de espaldas al hombre, forzando
el gesto para ver la calle. Notaba la pequeña tira de sus braguitas
entre sus nalgas, la camiseta cada vez más arriba, mientras
disimuladamente se la estiraba hacia arriba desde delante, exponiéndose
así a la mirada de un desconocido.
A medida que pasaba el tiempo, que se le antojaba eterno, se sentía más
y más excitada, perdiendo la noción de lo que estaba bien o mal. Decidió
haber el último gesto y, simulando que se desperezaba, levantó los
brazos girándose despacio, mostrando completamente sus braguitas, y
entró de nuevo en la casa.
Una vez dentro, a salvo de la mirada del desconocido, corrió a espiarlo
tras las cortinas de la otra habitación. Lo encontró girado hacía donde
ella había estado y, disimuladamente, forzando el cuerpo para intentando
seguir viéndola.
Eso fue demasiado para ella y, mientras no dejaba de mirarlo
hipnóticamente, dejó que su mano se deslizara por su vientre, y,
introduciéndola en sus braguitas, se masturbó hasta correrse.
Algo más calmada, volvió a la sala mientras intentaba asimilar lo que
había hecho, dedicándose a recordar las sensaciones que había
experimentado, vaso tras vaso, terminando otra botella.
Se esforzó en retomar la lectura del libro, pero no podía evitar un giro
la cabeza, de tanto en tanto, para comprobar que el hombre seguía en la
terraza, atento. Al rato de no poder concentrarse de ninguna forma
decidió dejarse llevar por aquella nueva sensación de poder. Unos vasos
más y se decidió. Si quería verla la vería. Después de tanto rato bien
lo merecía, pobrecillo.
Esta vez quería hacerlo con calma. Comprobó que no hubiera nadie en las
otras terrazas que se encontraban a la vista y se desnudó completamente.
Se contempló un momento en el espejo mientras escogía una toalla de
baño, como si fuera a ducharse. Estaba realmente sensual, Las piernas
morenas, perfectas, uniéndose en su pubis rubio, recortado, el vientre
plano, los senos, duros, la suave curva de sus nalgas, redondas,
rotundas, toda su piel contrastada con su cabellera rubia, los labios,
los ojos de un azul luminoso. Se cuidaba, sobre todo tras su separación,
meses atrás. Se envolvió en la toalla más pequeña que encontró, dejando
casi a la vista la aureola rosada de sus pezones, ara tensos, y el
principio de sus nalgas.
Efectuó la última comprobación para asegurarse de que el hombre se
encontraba todavía en su sitio y salió a la terraza otra vez, sujetando
la toalla con una mano y con las braguitas en la otra, colgándolas en la
barandilla. Sentía la mirada clavada en su piel, de forma casi física.
Después entró otra vez y se dedicó a espiarlo unos minutos. Entró en la
ducha a mojarse el pelo, como si acabara de ducharse y se quedó en el
dintel de la puerta de la terraza, preguntándose por última vez si se
había vuelto loca por lo que iba a hacer. Pero la excitación la terminó
de poseer.
Disimuladamente volvió a salir, comprobando de reojo que el desconocido
no se hubiera movido y estuviera pendiente. Seguro que llevaba todo ese
rato esperando ese momento. Se plantó en medió del balcón, de espaldas a
él, y, sin pensárselo, llevó una mano al nudo de la toalla y se la
desabrochó, despacio. Con una mano en cada extremo de la tela, dejó que
se deslizara por la espalda y, sin darse casi cuenta, ya la tenía en la
mano. La colgó en la barandilla, al lado de sus braguitas. Estaba
totalmente desnuda ante él, sintiendo el aire fresco en sus senos, entre
sus muslos...
Y, como si no lo viera, fue girándose hasta quedar frente a la terraza
del frente. Y fue cuando no pudo resistirse a mirarlo. Lo hizo
directamente a los ojos y el mundo, por un instante, se paró. Ella allí,
desnuda, expuesta, con una mano en la barandilla... y él mirándosela
fijamente, sin una mínima sombra de discreción. Esa escena se la hizo
eterna, justo hasta el momento en que él inició el gesto de una sonrisa
cómplice. Eso la despertó y, llevando un brazo a sus pechos y otra a su
vientre, se tapó, como si la acabasen de descubrir y entró de un salto a
la protección del dormitorio.
Apoyada en la pared, ante la cama, enrojecida de vergüenza, respirando
agitadamente, se miró al espejo, pensando en lo que acababa de sentir
exhibiéndose y, húmedamente, extrañamente, cálidamente, sin tocarse, se
corrió.
Autor: Nina