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EL MORBO DE ROSAMARY Sus nalgas se separaban y sus dos entradas se ofrecían a los ojos de los chicos de enfrente como abierta y jugosa fruta tropical, y para ver que no llevaba braguitas
Todo había empezado aquella mañana. Después de desayunar, Rosamary había salido
al balcón con un mini camisón que le cubría escasamente unos quince centímetros
por debajo de su sexo y ¡Como siempre! Sin braguitas. Eran las ocho menos diez
de la mañana, la hora en que acostumbraban a pasar los empleados del banco
vecino y aquella mañana se sentía dispuesta a practicar su placer más intenso,
que como ya sabéis es el exhibicionismo.
Apoyó los codos en la baranda adelantando el busto, por lo que la fina tela del
minúsculo camisón formó campana hacia delante, separó algo las piernas para
ofrecer mejor visibilidad al posible mirón y esperó. Pronto llegó el primero
que, ya de lejos, al verla en el balcón, fijó su atención y al pasar miró
insistentemente ralentizando el paso.
Rosamary sintió como afluía aquel calorcillo excitante y gratificante a su
"conejito" y notó como éste se humedecía sensiblemente y no pudo reprimir el
separar unos centímetros más sus muslos, aunque lo hizo después de que el
muchacho hubiera pasado. Al poco, el segundo que reparó en ella era uno de los
habituales mirones de otras veces, que al verla se puso las gafas de sol y
acomodó el paso para poder disfrutar el espectáculo que sabía se le ofrecería.
El flujo acudió a su rajita como en un torrente y percibió como se "le abría
toda", como queriendo colaborar en la exhibición, a la vez que permitía que el
jugo de su fruta se desparramara por entre sus muslos. Él pasó muy despacio
mirando fijamente, disfrutando al máximo de aquella visión tan sabrosa. Rosamary
abandonó su posición bruscamente como si se hubiera dado cuenta repentinamente
de su semi desnudez, para no dar la sensación de premeditación. Vivía en el
Puerto de la Cruz y aquello era muy pequeño y había que guardar la apariencia de
inocencia, de descuido, que el mirón tuviera la impresión de haber tenido la
suerte de ver furtivamente.
Mientras se dirigía a la cocina para prepararse el desayuno, apretó los muslos
para sentir la humedad que resbalaba de su cosquilleante chochito, puso agua
para el café y salió a la terraza trasera para efectuar los ejercicios de
gimnasia que la mantenían en tan perfecto estado, vio que aquellos dos turistas
peninsulares estaban agazapados tras los geranios de la ventana del apartotel de
atrás, al acecho, como siempre desde que llegaron hacía una semana, esperando a
que ella les obsequiara con sus encantos y algunas veces con la visión de sus
partes más íntimas.
Se puso de lado y simulando unos ejercicios gimnásticos empezó a hacer unas
flexiones levantando los brazos, lo que ocasionaba que su camisón se alzase por
encima del límite y pudieran verse sus nalgas, y para que el morbo trabajara a
tope al ver que no llevaba braguitas.
Descendía, agachándose, muy lentamente como si se estuviera clavándo el más
precioso de los penes, incluso zarandeaba lateralmente el culito, para producir
aún más esta impresión, hasta ponerse en cuclillas, repitiendo la operación diez
veces. Luego se puso de espaldas a la ventana y con las piernas bien separadas y
rectas, alzando y extendiendo los brazos sobre su cabeza se inclinó para tocar
la punta de los pies con las manos.
Sus nalgas se separaban y sus dos "entradas" se ofrecían a los ojos de "los
chicos de enfrente" como abierta y jugosa fruta tropical. Una y otra vez, hasta
veinte. Luego se dio la vuelta y se sentó sobre la amarilla toalla que siempre
estaba en el suelo a la espera de ser utilizada como fondo de contraste al negro
de los rizos de su entrepierna, levantando y a su vez separando las rodillas al
máximo, poniendo las manos tras la nuca, empezó a girar el tronco a izquierda y
a derecha, con los codos bien levantados.
Se había puesto las gafas de sol, para poder observar sin ser vista. ¡Magnífico!
El resultado era el apetecido, aquellos machos se la estaban meneando con
frenesí, podía adivinarlo por el movimiento de sus hombros. Cuando vio como se
aceleraban en sus movimientos, se levantó y los dejó a "medio hacer", para así
mantener el interés, además el agua ya estaría caliente para el café y su
desayuno era lo primero. Ya les obsequiaría con el segundo acto. Terminó de
preparar el café y las tostadas, y una fuente con fruta variada, y colocándolo
todo en una bandeja salió de nuevo a la terraza.
Allí estaban los dos, agazapados en su ventana. Sabía que se habían "corrido" en
su ausencia y ahora sería ella la que mandaría la situación. Se sentó sobre la
toalla dejando la bandeja a su lado. Levantando las rodillas pero manteniendo
las piernas juntas y empezó a untar las tostadas en el café.
Estaba frente a ellos pero no podían "verle" nada. Deslizó la mano izquierda
bajo los muslos y se acarició el vello de la vulva. Sintió un respingo y que
estaba muy mojada. Fue un impulso irresistible y sus rodillas se separaron unos
centímetros mientras el índice acariciaba el ya saliente clítoris. No podía
mirar a la ventana aunque sabía lo que estaba pasando.
Terminó de beber el café y dejando por el momento su ardiente chochete, limpió
una roja manzana, y sin pelarla, con la misma mano que acarició su palpitante
raja, se la llevó con estudiados movimientos provocadores a los labios
propiciándole un pequeño mordisco, y mientras aspiraba el perfume de su sexo
mezclado con el de la fruta, su mano derecha empezó, ahora ya en serio, una
perfecta masturbación.
Los dedos separaron la raja ya de por sí bastante abierta, comenzando una
minuciosa exploración de toda su vagina. La punta de sus bien cuidadas uñas
cosquilleaba entre los pliegues de satén del interior de su ardiente cueva y no
podía remediar el espontáneo contoneo de sus caderas. Con dos dedos comenzó a
"castigar" su latente clítoris, aquel rosado botón duro como un garbanzo que
sentía palpitar continuamente pidiéndole ser satisfecho de cualquier modo.
Recordaba sus tiempos de Barcelona cuando sola en la oficina, se metía lo que
encontraba más a mano, mientras ojeaba "Gente Libre", y "Contactar con" para
finalizar con una paja genial mientras ponía las cintas porno que tenía el jefe
en la oficina y ella había descubierto poco antes de marcharse a vivir a
Tenerife (Recordaba los sellos de goma "urgente" "es copia", el moderno teléfono
de Roberto, la estilográfica del jefe, ¿Qué habría sido de Carmela?).
Los perfectos globos de sus nalgas se aplastaban sobre la toalla y se apretaban,
uno contra otro, resbalando entre sí perfectamente engrasados por del mantecoso
flujo que surgía de su vulva. El clímax aumentaba y los muchachos se agitaban en
busca de la, por supuesto más difícil, segunda corrida. Los movimientos de sus
brazos y hombros ahora eran acelerados, intensos y bruscos, y estaban
acompañados por convulsiones de la cabeza. ¡Había llegado el momento!
Dejó la manzana, y del frutero del que la había tomado, escogió un descomunal
plátano de por lo menos treinta centímetros. Mientras lo pelaba, separó las
piernas y una vez desprovisto de la cáscara, y abriendo al máximo sus muslos de
piel tersa y morena, mientras con los dedos índice y anular de la mano izquierda
separaba los labios vaginales para facilitar la penetración, con la otra paseó
suavemente la punta de la fruta, acariciando, a lo largo, toda la raja y
retorciéndola para iniciar la penetración, y luego empujó suavemente
introduciéndolo completamente hasta hacerlo desaparecer en su interior.
Quería macerarlo con su propia "salsa" se movía sintiéndolo dentro de su
vientre. Solo una pequeña puntita marfileña asomaba de vez en cuando, de lo que
era aquella espléndida banana, que se movía como un perfecto consolador a causa
de los estremecimientos de placer que estaba ella misma ocasionando a tan
caliente estuche. Rosamary se sentía "llena" por los treinta centímetros de
plátano, su "cueva del gusto" se acoplaba y casi parecía sorber, como queriendo
engullir aquella dulce y melosa fruta hasta meterla en su vientre.
Apoyando las palmas de la mano tras la espalda y siempre con las piernas muy
abiertas frente a la ventana para que la visión fuera perfecta, Rosamary empezó
a mover el culo unas veces hacia atrás y hacia adelante y otras a derecha e
izquierda, paulatina y lentamente la banana salía de su improvisado escondite
meneando su amarillenta cabecita y ella partía el pedazo que, con lujuriosa
ceremonia, se llevaba a la boca mordiéndolo lentamente y masticándolo para sacar
todo el sabor de aquel cóctel de "Frutas".
Notó como se vaciaba aquel escondido rincón de su vientre y como el fuego de su
"corrida" le inundaba sus entrañas y afluía a su chochito en una cadena
interminable de intensos rogamos de una paja bien lograda, intensamente
disfrutada y de inmediato salió despedido como un proyectil el último pedazo del
plátano, completamente bañado en sus jugos.
Lo esperaba, temblorosa de impaciencia con la palma de la mano en forma de
cuenco donde cayó en medio de un charquito de sus cremas y llevándolo a la boca
y aplastándolo con la lengua contra el paladar, lo tragó lentamente saboreándolo
hasta el límite, mientras su coñito jadeaba, abierto como una boca hambrienta
deseosa de más fruta. Su vientre seguía agitándose en aquella cadena de orgasmos
y lentamente se dejó caer de espaldas sin importarle un comino el resultado que
su exhibicionismo hubiera producido en los "chicos de enfrente".
Abierta de piernas mientras una cascadita de nacarado flujo manaba de su
chochito hasta la toalla Una vez recuperada de su éxtasis, se metió en casa y se
dio una reconfortante ducha sintiendo como dentro de ella renacía el deseo
sexual. Iba a ser uno de aquellos días en los que nunca llegaba a la
satisfacción completa. En los que la hoguera que se encendía en su vientre nunca
se apagaba al completo. Notaba la imperiosa necesidad de seguir. Aquella
necesidad fisiológica de sentirse penetrada por las miradas de los hombres y
mujeres a los que decidía poner a tope.
Se vistió, preparándose concienzudamente para aquel día que se presentaba
excitante. Recortó perfectamente el negro bello de su monte de Venus. Se puso la
blusa de seda amarilla que resaltaba el bronceado de su piel y aquella mini
falda ajustada, luego se calzo unos zapatos de alto tacón, para que le
estilizasen aún más sus largas piernas y después de auto aprobarse con una
crítica mirada al espejo salió a la calle.
Saberse desnuda bajo la "mini" de por sí ya le causaba mucha excitación pero
aquel día quería disfrutar a tope, para lo cual se había "colocado", bien
introducidas en su insaciable cuevita, aquellas diabólicas "bolas chinas"
especiales que tanto gusto le proporcionaban y que se adaptaban perfectamente a
su carnosa gruta.
Perfectamente diseñadas, las protuberancias interiores de aquellas dos esferas
doradas hacían que la bola de acero que encerraban saltaran produciendo unos
golpecitos que repercutían en su interior procurándole el más delicioso de los
placeres mientras caminaba, bajaba o subía escaleras, o viajaba en coche o en
guagua. En esta última los baches de las calles hacían que las bolas de acero
saltaran en su interior como locas.
Se fue a la parada de la "Guagua" y esperó a la de "Santa Cruz". Una chica con
pinta de estudiante, la miraba fijamente y de una manera que la hizo sentir
aquel "no sé qué" de las miradas lésbicas que tanto la excitaban. Recordó a
Carmela y las muchísimas veces que se la había comido, que había sorbido hasta
el último de sus orgasmos.
Recordó los sensacionales "sesenta y nueve" que habían acometido con
desenfrenada pasión sobre el sofá del despacho del jefe y sintió como se mojaba
de nuevo.
Subieron juntas al autobús y la chica se sentó al fondo mientras ella lo hacía
en los asientos laterales frente a la puerta de entrada.
Autor: Artesco