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AQUEL ENCANTO DE UNIVERSIDAD No quité el ojo de la cerradura tras la cual podía ir viendo como la verga de Venancio se abría camino entre la pelambre de la profe, y se hundía en aquella almejita tan deseada
Tuve que ir hasta las habitaciones de los profesores tutores, situadas en el
último piso de aquella vieja Universidad Laboral, para entregar los exámenes de
OCT, piqué a la puerta pero nadie respondía, aunque me parecía oír ciertos
murmullos.
Tal vez no había picado muy fuerte, por eso antes de volver a picar, miré a
ambos lados del pasillo, y viendo que no había moros en la costa, puse mi ojo e
la vieja cerradura, y lo que entreví era una escena que me dejó patidifuso, y
que por supuesto tuvo como reacción natural de mi cuerpo de mozalbete 20 añitos,
que mi querido príapo tomara unas dimensiones más que totales.
A la profe se la veía asomada por el alto ventanuco que da a los patios de
deporte, quedando pues su espalda casi directamente con la puerta, y allí estaba
la muy ladina Morgana ya metida en años y carnes, hablando por teléfono, con una
camiseta que le tapaba la espalda y que supongo que las tetas a los que la
estuvieran viendo asomada a la ventana. Hablaba por teléfono como digo, con una
mano, mientras con la otra, tenía las blancas bragas de blonda a la altura de
las rodillas, aprovechaba para darse un repaso de bajos, a la vez que abombaba
el culo hacia atrás y me dejaba ver su buena armada grupa, con aquel ojete negro
rematado de pelirrojos pelos.
La verdad es que casi que me sale el ojo por la cerradura, de tanto querer
ceñirme al pequeño visor para no perder detalle. Ella seguía auto consolándose,
mientras yo me dispuse a ocuparme de mi príapo que pronto escapó raudo y veloz
de su prisión y ya iban los chorretones a punto de subir cánula arriba, cuando
sentí las puertas del fondo del pasillo, sin pensarlo dos veces me metí en la
habitación aledaña sin reparar en más, en parte, porque la habitación estaba a
oscuras.
Tanteando en la oscuridad busqué el interruptor pero no acababa de dar con él,
cuando escuché voces en la habitación vecina, de la cual provenía un rayito de
luz que se filtraba por la cerradura de la puerta de comunicación entre ambas
habitaciones.
Si la acción del masajeo de la gorda profesora, el verla ahora acosada por el
viejo bedel, que con el pollón en ristre, que intentaba una y otra vez bajarle
las bragas para encalomársela a la mínima de cambio, Se veía que el juego les
íba a los dos, pues a la jodida profe de FOL le gustaba el tomate que allí se
daban, pues entre juego y juego le daba sus buenos sobeos a instrumento del
portero, el cual no pudo aguantar más el envite y se vino en pleno tetamen de la
tutora de mi curso, el jodido portero que nos las hacía pasar canutas, viendo
los churretones en la blancas tetas se puso a lamer su propia leche y a rebañar
los saliente pezones de aquellas tetazas meloneras.
Morgana no contenta con ello, empezó a ordeñar el pitón de Venancio el portero,
que dejó salir de sus abultados huevos otro buen mejunje, el cual la Sra.
Profesora apartando ya de una vez a un lado las bragas se lo untó a capricho por
la almeja y su pelirroja pelambrera.
Al portero ya la tenía de rodillas y mientras le mamaba el pollón, ahora ya no
tan largo, pero gordo como un pepino, si yo creo que tengo unos 28 cm, el cabrón
debía tener unos 35 pues la cosa era descomunal, al menos así la veía, que para
mí que aquello a cada lamida de la profe.
Terminé sacándome los pantalones y los calzoncillos, y me puse también de
rodillas, para poder espiarlos mejor, ponerme en pelotas en aquella caldeada y
oscura habitación y ver aquellos dos en plena faena de calentamiento, fue algo
que pronto me dispuso también a mí a dar cumplida cuenta de mi huérfano pollón,
estaba ensalivando el cantimpalo y mi culito, me encanta tenerlo ensalivado
mientras me pajeo, pues siento como se abre en busca de algún que otro
entretenimiento que de muy tarde en tarde le doy con la gorda estilográfica
Montblanc que mi tiíta me regaló, y con la cual le hice también algún que otro
trabajito a ella.
Ahora, la profe, como si se riera de mi falta de desahogo, se puso a cuatro
patas, y mandó al subordinado que se subiera a su grupa dejando el príapo hacia
atrás de tal forma que fuera rozando aquel oscuro ojete y su peluda almeja. Ver
como aquel misil se iba acercando a la diana era algo me ponía a punto de
reventar, en ello estaba cuando sentí que algo o alguien me cogía del nabo y me
ponía algo punzante en la nuca. Creí que me iban a matar, aunque lo que sucedió
fue que me dieron unos rápidos subes y bajas en la polla, lo cual terminó de
convencerme de que aquello no era el final sino el principio de algo.
Los pajoteos fueron intensos y muy profesionales, según me fui dejando hacer la
presión sobre la nuca desapareció y pronto fue la susodicha manso amenazante la
que ahora se iba en busca de mi ojete, el cual encontró ensalivado y apunto
caramelo, sentí como entraba un largo dedo suave y cabrioso que pronto recorrió
la zona del periné llevándome al más allá de los mares.
A todo esto yo no quité el ojo de la cerradura tras la cual podía ir viendo como
milímetro a milímetro aquel gordo salchichón de Venancio se iba abriendo camino
entre la pelambre de la profe, y se hundía en aquella almejita tan deseada,
entre aquellos enormes y sonrosados labios que se hacían aun lado para dejar
entrar al ariete.
También sentí como un fino ariete pugnaba por hacerse hueco en mi culito, me
importó más bien poco, pues entre la vista que me deparaba mi querida profesora,
y aquel increíble pajoteo del que era fruto, un sube y baja acompasado por una
mano que giraba frotando la cabeza de mi capullo era algo sublime y que perdía a
cada momento.
En cada giro de aquella mano, era como cuando uno se sube a la Montaña Rusa, me
daban unas vueltas de placer y sentía que, a cada uno de aquellos giróvagos
movimientos del pajeador, su ariete se iba introduciendo en mi culo hasta los
mismos cojones, sentí como éstos entrechocaban entre sí, y sentí también el
acelerón del Venancio hundiéndole el espadón a Morgana y como los giróvagos
movimientos sobre mi capullo me llevaron a un completo éxtasis de placer y
gritos y abandono.
No sé lo que pasó luego, pero me sentí querido en una nebulosa habitación por
más de unas manos, y palpé las ansiadas tetas de mi profesora, en cuyos brazos
no me digáis como pero terminé y es más cuando recobraba el sen de mi existencia
me veía allí clavado en su ojete, encima de aquella grupa que tantas tardes
había visto en la clase, y que tantos sueños e ilusiones me creó que hoy se
hacían todas ellas realidad.
Eso sí había que pagar un peaje y éste era dejarse encandilar por el hijo de la
profe, de tan fino piriulillo y tan mágicas manos que había tenido ya el gusto
de probar. Pero merecía la pena, y máximo cuando Morgana obligaba al jodido
Venancio a chuparnos la polla o tener que abrir su ojete para que se la
claváramos, si quería follar con ella.
Autor: Abelardo de Leire