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FIN DE SEMANA Hundí mi rostro en su sexo, lamiendo su clítoris y jugando con mi lengua en la entrada de su vagina. Sé positivamente que lo que más la excita es precisamente que se lo chupe

 

 

Estas vacaciones de agosto salí un fin de semana con mi mujer y con Carmen, mi compañera de trabajo. Ya hablé de las dos, de lo amigas que son y de mis fantasías con ellas -sólo fantasías, desgraciadamente- en un texto anterior, que encontrarás por ahí bajo el título de "Mi penúltima paja" y que ya te puedes imaginar de qué va. Lo que no llegué a decir, me parece, es que mi mujer se llama Cristina y que es muy guapa, como no podía ser menos.

Pues bueno, como comentaba, un fin de semana de este verano nos fuimos los tres a la casa que mi suegra tiene en el campo. Ya lo hemos hecho más de una vez, porque la casa es una auténtica gozada y porque mi suegra -que se llama Concha- es una mujer de lo más agradable y simpática y todos la queremos mucho. Se divorció del marido hace ya bastantes años y no quiso quedarse con nada más que la casa, con todo su terreno de monte -que es mucho-, en la que se instaló y donde desde entonces vive tan ricamente.

Llegamos allí el sábado, comimos, paseamos y charlamos un montón. También nos dedicamos a beber, por lo que por la noche, la verdad, estábamos todos groguis. Yo por lo menos me quedé completamente frito nada más tocar la cama.

Domingo, ya bien entrada la mañana, cuando conseguimos levantarnos y desayunar, vimos que hacía un día magnífico, por lo que decidimos ir a pasar la resaca a la orilla de un pequeño estanque que, rodeado de pinos y encinas, se encuentra dentro de la propiedad de mi suegra. Allí te puedes tumbar sobre la hierba, tomar el sol o la sombra y darte unos chapuzones estupendos, en la más absoluta tranquilidad, ya que se encuentra protegido por una vegetación muy espesa.

Además, para mí era la gloria, estar allí con tres mujeres guapas y todas en bikini. Cristina, mi mujer, tiene el cuerpo pequeño y delgado. Sus pechos son pequeños también, casi como los de una adolescente, que te caben en la palma de la mano, aunque sus pezones son largos y se ponen duros con facilidad, cosa que me encanta cuando, como ahora, entraba y salía del agua, se le erizaba el vello por el cambio de temperatura y los pezones se le marcaban desafiantes a través de la fina tela del sujetador. Tiene pocas caderas y un culo pequeño y bien moldeado.

Carmen, su amiga de hace muchos años y compañera mía de trabajo, es muy diferente. Bastante grande, es mucho más llena y opulenta, sin ser gorda ni mucho menos, con un gran culo y unas tetazas espléndidas, un poco caídas, cosa que no me molesta en lo más mínimo. El canal entre ellas se ve portentoso cuando se pone sus buenos escotes o, como ese día, cuando va con el bikini. Sus carnosos labios además siempre me hacen pensar en lo mismo, y es habitual en mis pajas imaginármela mientras me la chupa.

Mi suegra, por fin, Concha, es una gran mujer, con unas buenas y firmes carnes, aunque la piel de sus manos y de su cuello anuncien que ya no es joven. Tiene también los pechos pequeños, como su hija -y con los pezones igual de juguetones-, pero sus caderas son rotundas y enmarcan unas nalgas deliciosas que ese día no me cansé de mirar y remirar, cubiertas apenas por unas braguitas minúsculas.

Al rato de estar bañándonos, Concha se volvió a la casa para empezar a preparar la comida y nosotros tres nos tumbamos en la hierba a descansar. Ni qué decir tiene que una vez estuve tirado en la toalla, con el ligero mareo que tenía aún por el alcohol, con el sol y con el canto de las cigarras, me quedé medio adormecido.

Al poco tiempo entreabrí los ojos y me quedé pasmado con lo que veía. Cristina estaba tumbada panza arriba, los ojos cerrados y los brazos por encima de su cabeza. Se había quitado la parte superior del bikini. Carmen, mientras tanto, también sin el sujetador, mostrándome sus tetas en todo su esplendor, estaba arrodillada a su lado y le extendía protector solar por el cuerpo, recorriéndolo suavemente de arriba abajo: sus brazos, sus axilas, el cuello, los pechos, el vientre... mientras le murmuraba algo que yo no conseguía entender.

Me quedé muy quieto, como si no me hubiera despertado, con los ojos entrecerrados, disimulando y gozando de aquella situación que tantas veces había imaginado. Dos mujeres que me excitaban sobremanera estaban allí juntas, semidesnudas, inmersas en su universo, jugando con sus cuerpos.

Carmen se echó más crema en las manos y masajeó los pechos de mi mujer, los dos a la vez, cogiéndolos con suavidad de fuera hacia dentro, hasta aprisionar sus pezones, que se pusieron duros y largos en un momento. Juro que no sé cierto si en aquellas caricias había algo sexual o eran simplemente las que una amiga da a otra en una situación similar. No podía ver los ojos de Carmen y, por lo tanto, no podía estar seguro de qué estaba haciendo exactamente, o qué intenciones llevaba, por mucho que mi deseo me empujase a pensar las cosas más libidinosas. Tampoco la actitud de mi mujer me aclaraba nada, allí tumbada y quieta, con los ojos cerrados, aunque sus pezones me indicasen que algo sí que estaba gozando.

Pero ¿era todo sólo un juego o había algo más? Para más inri, el cuerpo de Carmen -sus tetas también, como me fijé enseguida, con esos grandes y rosados pezones- estaba reluciente de crema: supongo que, mientras yo dormía, había sido Cristina la encargada de ponérsela.

Las manos de Carmen llegaron justo al borde de la braguita de mi mujer y sus dedos incluso se introdujeron un poco por debajo, aunque inmediatamente los retiró y pasó a masajearle los muslos.

Mi polla estaba que se salía del bañador y me daba un corte terrible que alguna de las chicas se pudiese dar cuenta, aunque al mismo tiempo lo deseaba. Eso también me excitaba, mi propia indefensión de fisgón pillado in fraganti...

Carmen le dijo algo a Cristina y ésta se dio la vuelta, tumbándose ahora con el pecho hacia el suelo. Carmen también cambió de posición, para ponerse más cómoda mientras empezaba a extenderle crema por la espalda, y yo aproveché el momento para moverme un poco y dejar mi mano, con disimulo, cerca de mi polla: alargando imperceptiblemente un dedo podía alcanzar a tocarme el glande, que ya estaba húmedo e incluso había manchado un poco el bañador. Me masajeé con gusto mientras mi erección aumentaba por momentos.

Carmen le hizo toda la espalda y la cintura a mi mujer y, de pronto, comentando en voz alta que tenía que terminar bien su trabajo, le bajó las braguitas de un tirón. Cristina se rió e intentó impedirlo, pero la había cogido desprevenida y ya era tarde. No tuvo más remedio que dejarse llevar y se las quitó del todo. Carmen le echó crema directamente desde el bote sobre las nalgas, cosa que ya me puso a parir, porque los churretones semejaban claramente una rociada de semen... Cogí mi polla con la mano entera y apreté.

Con sus dos manos, Carmen extendió la crema por todo el culo de Cristina y a mí me parecía muy claro que sus pulgares se introducían en la raja hacia su ano, pero igual me lo estaba inventando porque, de hecho, no se apreciaba bien. Mi calenturienta mente, sin embargo, ya imaginaba el culo y el chocho de mi mujer repetidamente penetrados por los dedos embadurnados de crema de la viciosa de Carmen, mientras Cristina jadeaba y se retorcía... Tuve que soltar mi polla porque me habría corrido en ese mismo momento.
Carmen, sin embargo, dejó las nalgas y pasó a los muslos, para terminar rápidamente con un masaje en el resto de las piernas.

Después se puso en pié y, diciendo que se iba a la casa para ayudar a Concha con la comida, se colocó de nuevo el sujetador del bikini, mientras me echaba una mirada. Se suponía que yo seguía dormido, y así debió parecérselo a ella, porque haciendo un despectivo comentario sobre lo vagos que somos los hombres, se marchó.

Yo continué quieto un ratito más, dejando que Carmen se alejase y mirando a mi mujer que, tumbada hacia abajo como había estado antes, relucía por la loción que le acababan de aplicar.

Al poco me levanté sin hacer ruido y me dirigí hacia ella. Parecía que estaba durmiendo, porque no dijo nada ni se movió. Con un movimiento, me quité el bañador y me quedé en pié, deleitándome con la visión que Cristina me ofrecía. Su espalda brillante al sol y con las piernas ligeramente abiertas, veía la raja de su culo que terminaba hacia abajo en la matita de pelos de su sexo, húmedos y pegajosos.

No lo resistí más y me acerqué, tumbándome sobre ella y acomodando mi verga a su entrepierna. Entonces comprendí que no dormía, porque no dijo nada y se limitó a abrirse un poco más, invitándome claramente a que la penetrara. Parecía que ella también estaba caliente. Sentía en mi pecho su espalda resbaladiza por la crema, así como en mi polla las humedades de sus bajos. Casi sin esfuerzo, mi pene encontró la entrada a su caliente sexo y lo deslicé con suavidad hasta tocar fondo. Me quedé quieto.

Las ventajas del matrimonio son que muchas veces sobran las palabras y que ya sabes lo que tienes que hacer para dar y obtener el mayor placer. A mi mujer le gusta mucho ser ella la que se mueve, estemos en la posición que sea, y así sucedió también en esta ocasión.

Aunque aplastada por mi peso, su pelvis inició un movimiento de rotación que hizo que mi polla se retorciese dentro de su vagina. Su respiración se agitaba por momentos. Con la cara ladeada sobre el suelo y los ojos cerrados, su boca se entreabrió mientras aceleraba sus movimientos y un hilillo de saliva se le escurrió por las comisuras de los labios hasta la toalla. Yo aproveché para meterle suavemente un dedo por la boca y jugar con su lengua, mientras le mordisqueaba los lóbulos de las orejas.

Poco después, y pese al placer que los dos estábamos experimentando, comprendí que mi peso sobre ella podía lastimarla o, como mínimo, resultarle incómodo, por lo que tomándola suavemente de los hombros, la desplacé poco a poco, sin separarme de ella, nuestras pieles resbaladizas siempre juntas, deslizándose una con otra.

Me tumbé yo boca arriba y la hice subir sobre mí, casi sin sacar la polla de su cueva, que cada vez estaba más húmeda. En esta postura, aproveché para cogerle los pechos y masajeárselos de la misma forma que antes había hecho Carmen. Esta imagen de nuestra amiga tocándola volvía a mi mente repetidamente, como un flash, aumentando mi deseo y mi placer. Sus pezones estaban duros como el mármol y más largos que nunca. Seguí besándolos y mordiéndolos y estirándoselos mientras ella me cabalgaba, porque sé que esta es una de las cosas que más gusto le proporcionan. Empezó a gemir más fuerte y noté que iba a correrse.

Sus movimientos se hicieron cada vez más rápidos y más intensos. A cada embestida me presionaba con más fuerza, prácticamente golpeándome la base de la polla con el hueso de su pelvis, como si fuese un pico, movimiento con el que aprovechaba para martirizarse el clítoris hinchado. Por fin, gritó guturalmente mientras se venía y se desplomó sobre mí, donde se quedó temblando, sintiendo mi polla en su interior, que palpitó repetidamente hasta que explotó en una corrida que me hizo estremecer.

Estaba tumbado sin moverme, con ella encima, mientras recuperaba la respiración y sintiendo mi propio semen cómo resbalaba hacia mis huevos, cuando algo que vi de reojo me dejó paralizado momentáneamente. Un movimiento en unos arbustos cercanos. Un rayo de luz que se filtraba por entre las hojas bajas y que incidía directamente sobre...unas piernas desnudas.

Alguien nos estaba observando. Esos muslos... la braguita de un bikini... no veía la parte superior del cuerpo escondido entre el follaje... pero era Carmen, la reconocí. ¡Nos estaba espiando! ¿Habría estado allí todo el tiempo? No, no lo creí así... pensé más bien que acababa de llegar, tal vez para indicarnos que la comida ya estaba lista, y que se había quedado parada al oírnos o vernos mientras follábamos... mmm... qué placer tan especial sentí... qué excitación saberte observado por alguien mientras haces el amor... Pero lo que más morbo me daba era que fuese precisamente Carmen...

Cristina, que obviamente no se había dado cuenta de la visitante fantasma, soltó una risita cuando notó que mi polla revivía, aún dentro de ella. Estaba sorprendida por mi nueva erección y bromeaba sobre mi extrema virilidad de aquella mañana, ya que, normalmente, necesito mucho más tiempo para iniciar un segundo round, si es que llego a hacerlo. Saberme observado y pensar que ni Cristina, por un lado, tenía conciencia de ello ni, por otro, que tampoco Carmen sabía que yo sabía lo que estaba haciendo, me estaba poniendo a mil.

Sin pensarlo dos veces, aunque consciente de que lo que quería era que Carmen me viese bien, me separé suavemente de mi mujer y me puse de pié, dándole a Carmen una perspectiva inmejorable de mi cuerpo, recortado contra los matorrales, con la polla tiesa como la de un fauno de la época clásica.

Por el rabillo del ojo confirmé que continuaba oculta en su posición y decidí seguir con el espectáculo. Me acerqué a mi mujer, que estaba sentada en el suelo y, tomándola de la cabeza, dirigí su boca a la punta de mi pene. Ella, claro, entendió lo que quería, y se lo introdujo. Estuvo chupando un rato, masajeándome suavemente lo huevos, que estaban impregnados de mi semen y sus jugos.

Después ella misma me obligó a tumbarme sobre la toalla, se colocó sobre mí, dejando su culo sobre mi cara, y siguió chupando. Aproveché para separar sus nalgas y hundir mi rostro en su sexo, lamiendo su clítoris y jugando con mi lengua en la entrada de su vagina. Sé positivamente que lo que más la excita es precisamente que se lo chupe, y me apliqué con ahínco.

Ella, por su parte, siguió mamándomela y, con los dedos impregnados de mi semen y su saliva, me acarició suavemente el ano, introduciéndome uno de ellos.

Yo estaba listo para correrme, pero aún no era esa mi intención. Quería ofrecerle a Carmen algo que la excitara, que la incitase a sumarse a nosotros o que la dejara preparada para el futuro, para otra ocasión... La verdad es que no sé bien qué quería. Tampoco sabía si mi mujer estaría dispuesta a aceptar una tercera persona en nuestros juegos, nunca lo habíamos hablado... Hasta el momento, todo había sido fantasía mía exclusivamente, pero ese día... Lo único que sabía cierto es que la excitación crecía en mí.

Cristina, con pícaras risas, me pidió que acabáramos, que la penetrase, que terminase ya con tanta calentura, que teníamos que ir a comer, que, si no, vendrían a buscarnos y nos pillarían in fraganti... Yo me reí también, aunque con mucho más conocimiento de causa, y, moviéndola, la tomé por detrás. Hice que se arrodillara, con el culo levantado y con la cara y los codos en el suelo. Mi pene volvió a entrar en su sexo, mientras la cogía por las caderas, e iniciaba un suave bamboleo, sintiendo su humedad, su vagina aún llena de semen de mi primera corrida. Estábamos situados justo frente a donde se escondía Carmen.

Cristina insistió en cómo estaba yo tan caliente ese día y, sin poder contenerme, le confesé que había espiado su sesión de cremas con nuestra amiga y que intuí que había algo sexual entre las dos. Lo hice en voz bastante alta, además, para que la otra lo escuchase desde su escondrijo. Cristina se rió nuevamente y me llamó malpensado y retorcido y que cómo había yo podido figurarme una cosa así, pero un brillo especial en sus ojos me dejó en la duda, por mucho que ella siguió riéndose y negando cualquier cosa rara.

Irritado, le di dos tres golpetazos a las nalgas y aumenté el ritmo de mi mete-saca, lo que tuvo el efecto en ella de hacerla gemir con placer. Me recosté sobre su espalda y cogí sus dos senos al mismo tiempo, aplastándolos y pellizcando los pezones con cierta violencia. Ella culeaba con fuerza, sintiendo mi metida.

Entonces hice la mayor de las locuras. Levanté la cara y dirigí mi mirada hacia los matorrales que ocultaban a Carmen. Ella seguía allí, podía ver sus piernas e, incluso, noté que tenía sus dedos metidos dentro del bikini. La muy zorra estaba excitada, seguro, y a mí casi se me para el corazón. Me incorporé un poco más y dirigí mi mirada directamente a donde suponía que estaría su cara, sus ojos que no perdían detalle de lo que estábamos haciendo. No podía verlos, pero sabía que estaban allí, mirándonos fijamente. Aumenté el ritmo y mi mujer se puso a gritar sincopadamente, mientras le empezaba a llegar el orgasmo. Yo también estaba a punto.

Sin apartar mi vista de los arbustos, de lo que suponía eran los ojos de Carmen, jadeando y gimiendo, de mi boca salían insultos a mi mujer, la llamaba puta, muévete, zorra, no pares perra dame más, fóllame así, cerda lesbiana que te quieres follar a Carmen, yo me la follaré también perra, entrégate toda, tu coño, tu coño, tus jugos, te muerdo, puta más que puta, siéntela que dura está, te taladro, es mi coño sólo para mí, toma mi polla y quédatela dentro para siempre...

Mi corazón estaba a punto de estallar por la excitación y al final, con el orgasmo bestia que tuve, me derrumbé sobre Cristina, cuyas piernas le flaquearon al correrse. Nos quedamos los dos en un amasijo sobre la toalla, sobre la hierba, sintiendo los pinchazos de las ramitas, jadeando como animales, quemándonos con el sol que secaba el sudor pegajoso que nos unía...

Después de esto ya no volví a mirar hacia los matorrales. Ahora me daba un poco de apuro, aunque observé cierto movimiento en las ramas un poco más allá, como si Carmen se marchara. Mi mujer me cogió de la mano y me obligó a levantarme y a meternos en el estanque, donde estuvimos un rato jugando. Me abrazaba y me besaba, tan cálida su piel en el agua fresca. Me acariciaba la polla suavemente primero para darme luego un fuerte tirón, en broma, y se reía sin parar, me llamaba tonto más que tonto por lo de Carmen y las cremas...

En esas estábamos, en medio del estanque, cuando apareció Carmen por la senda, haciendo ruido al caminar y llamándonos por nuestros nombres estando aún bastante lejos. La comida estaba lista ¿qué hacíamos todavía en el agua?

Salimos del estanque, desnudos como estábamos. A mí me daba un poco de corte mirar a Carmen. Cristina, claro, salió del agua tan tranquila, riéndose y corriendo a vestirse. Carmen también estaba azorada, roja como un tomate y sólo me miró una vez directamente a los ojos. No supe qué leer en ellos. Después apartó la vista. Ella sabía que yo sabía que ella sabía. Ese lío, vaya. Si no la habíamos cruzado, por lo menos sí que habíamos entreabierto una puerta que no sabíamos a dónde nos podría conducir.

Eso sí: noté que echaba un vistazo directo a mi polla, ahora bastante reducida en su tamaño por efecto del agua.
Después ya no pasó nada más. Carmen estuvo muy callada y parecía que sólo quería hablar con Concha, aunque, naturalmente, ni ésta ni Cristina se apercibieron de nada.
Regresamos a casa. A Cristina todavía no le he dicho nada de lo que realmente pasó ese día en el estanque. No sé si lo haré.

Tampoco ella ha vuelto a sacar el tema de mis comentarios supuestamente maliciosos acerca de los masajes entre amigas y, por supuesto, no ha dicho nada de lo que le solté en el clímax del polvo, no los insultos y frases más o menos soeces (que lo suelo hacer con relativa frecuencia) sino de mis alusiones a follarse a nuestra amiga. Igual no lo escuchó. Igual lo ha olvidado.

Carmen, aprovechando que aún quedaban algunos días de vacaciones, marchó por un tiempo a visitar a unos parientes de otra ciudad y ya no la he vuelto a ver, aunque sé que ha llamado por teléfono a casa y que ha hablado con Cristina. No la he vuelto a ver, aunque sí he pensado mucho en ella. La escena de la crema me ha acompañado en todas y cada una de las pajas que me he hecho desde entonces.

Mañana me incorporo de nuevo al trabajo. Nos incorporamos, quiero decir, porque también estará Carmen, sentada justo frente a mí, mesa con mesa, en el mismo despacho. Veremos qué pasa.

Autor: Hydrozinc