—Todo el día está igual. Acto seguido, la atrajé hacia mí y besé esos labios artificiales y sobresalientes como hocicos. Si hubiera intentado cerrar las piernas se habría percatado de mi presencia perruna, pero no lo hizo, pues tal vez quisiera airear bien esa zona céntrica después de la concurrida y ajetreada hora punta. Rocé suavemente mi pómulo contra su centro, que era de una textura tan aterciopelada como un precioso tigre de peluche que tuve de niño. A través de la rendija del compartimento pude ver cómo uno de los chicos cerraba el grifo sin comprender quién habría sido el gamberro que había saboteado sus indecentes intimidades delante de sus narices. No me quedé a comprobar si podían reanudar el instintivo frotamiento, pero una serie de improperios que prefiero no reproducir para no herir la sensibilidad del lector, me hicieron saber que, al menos, uno de los empalmes habían quedado cabizbajo. |