Sara rió y me dejó ahí, encadenada, empapada y con una vela apagada en el culo. Por fin, después de unos días a dieta de vagina iba a tener un pene real, no de plástico. No fue sino hasta que tuvo su comida en la mesa, que se dirigió a la despensa para darme un plato rebosante de croquetas para perro. De aquí al domingo, como a las doce del día, es toda tuya. Entramos y vi que la tina estaba llena de agua calientita. Yo voy a jugar el papel de su jefa y ella podrá gritarme, golpearme y castigarme a su antojo. |