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| Mini Relato: Aquel viernes no se presentaba demasiado bien. Juanjo y yo habíamos discutido el fin de semana anterior por culpa, curiosamente, de una mujer. Nuestra relación había empezado el año anterior, durante las vacaciones. Fue concretamente en su piscina en donde me inició como bisexual. La semana que pasé en su casa fue increíble, sobretodo cuando se convertía en Sheila, la ninfómana travestí que me llegó a convertir en Alicia. El año que pasamos después fue de órdago, amigos, amigas, orgías... Poco a poco, nos acostumbramos más el uno al otro, hasta el punto de compartir piso en Barcelona. Los primeros meses fueron geniales. Él estudia y yo trabajo, pero compaginamos nuestras vidas para seguir gozando de nuestras fiestas. El problema es que, aunque los dos somos bisexuales, a Juanjo no le tiran demasiado las chicas. Llegó a confesarme que lo hacía más por mi que por él. Los dos follábamos cuanto podíamos y con quien podíamos, a veces juntos, a veces por nuestra cuenta. Pero el caso es que siempre terminábamos juntos en nuestro piso. De pronto, mi amante y compañero de piso, comenzó a desarrollar una peligrosa obsesión. Cada vez le molestaba más el sexo con más personas, incluso en medio de una jodienda con Pilar, su cuarentona madre, se puso a chillar como un loco porque le hacía, según él, poco caso. Cada vez le costaba más travestirse aunque sólo fuese para mi, y me reprochaba constantemente que hubiese dejado de lado mi vida como Alicia. La cuestión es que, para apagar un poco sus celos, pensé en comprarle un conjunto nuevo de lencería que, sabía que le chiflaba. Al salir del trabajo me dirigí a la tienda sin perder tiempo. -¡Hola Marco!-, saludó la simpática dependienta. Respondí a su saludo y me acompañó a la sección que buscaba. Entonces la vi. Curioseando entre los bodys había una chica, de mi altura (170 cm.), no especialmente llamativa pero muy guapa. Sus prominentes tetas se marcaban bajo la fina lycra del top que llevaba, y unos hechizantes ojos verdes me miraban bajo su corto pelo claro. La dependienta me la presentó como Sonia. Es suramericana y estaba de turismo en España aunque, según ella, había decidido instalarse por un tiempo aquí para cursar un postgrado. Todo fue muy deprisa, charlamos un poco mientras escogíamos ropas hasta que preguntó si mi novia o esposa era capaz de ponerse aquello, señalando al atrevidísimo conjunto que sostenía. -Bueno, de hecho es para mi novio-, respondí. Sonia se quedó de piedra por unos segundos. Yo la miraba divertido y me ofrecí a contárselo en un bar, si le apetecía. -Claro, me encantaría. Además quiero conocer a gente de aquí, y me has dejado intrigada-. Terminamos nuestra selección y nos fuimos hacia los probadores, ya que Juanjo y yo usamos la misma talla. Entramos en cabinas separadas pero, al cabo de poco, llamaron a la portezuela. -Oye, Marco, ya se que es un poco atrevido, pero...¿Me dejas echar un vistazo?-. Ni siquiera respondí, abrí la puerta y la invité a pasar. Me echó una mirada de arriba abajo y dio su aprobación total. El body azul turquesa sostenía unas medias de encaje negras brillantes y, la verdad es que me sentaba estupendo. No me costó mucho excitarme pensando en como le quedaría a Juanjo, mi polla empezó a crecer bajo el slip, pugnando por salir. -Perdona Sonia, pero es que...-. No me dio tiempo a terminar, me estampó dos sonoros besos en la mejilla y salió a su cabina. Ya vestido, me esperé delante de su puerta, hasta que me invitó a entrar. Me metí y el espectáculo fue alucinante. Sonia poseía una belleza rotunda que exhibía sin más cobertura que la lencería que llevaba. El conjunto le realzaba sus grandes tetas, descubriendo ligeramente los pezones. Su hermosa cintura estaba apenas cubierta por el vuelo del body y un culo grande y respingón asomaba por entre el hilillo del tanga. -¡Uhau, estás imponente Sonia!-. -Gracias-, dijo coquetamente. Me fijé en que, ni un solo pelo asomaba por el pequeño triángulo de tela que cubría el coño, y también en que sus pezones estaban ahora más marcados que cuando entré. Salí de allí a esperarla y noté que seguía excitadísimo, pero ahora no era sólo por Juanjo/Sheila, sino por la hermosísima mujer de al lado. Salímos de allí y fuimos a tomar algo. Allá nos contamos todo lo que quisimos saber el uno del otro y se nos hizo más que tarde. Yo ya tenía que ir a casa con Juanjo, así que quedamos en vernos el Sábado a mediodía para tomar el vermuth. Al legar a casa, encontré a mi amigo estudiando, me acerqué lentamente y le di un beso en la mejilla, mientras le ofrecía la caja con su regalo. Lo abrió y musitó un "gracias" más bien apagado. No era exactamente aquello lo que yo esperaba, y menos después del agradable rato que acababa de pasar con mi nueva amiga. Se lo comenté y encontró la excusa perfecta. -Así que es eso, ya no te gusto tanto, ¿Verdad?. Pues dáselo a ella y te la follas-, dijo tirando la caja al suelo. La dejé allí y, más triste que enfadado, me fui al comedor. Me puse la tele mientras pensaba en aquello, me hice algo para cenar dejándole un poco a Juanjo y, poco antes de las doce me fui a dormir. Mi amante no había salido del cuarto de estudio en todo el rato. |