No diga nada. —Eres un chico malo. Fíjese a donde me ha llevado. —Usted debe ser el Señor Mas U…—Ulloa —dijo Fernando—. Esa noche, Fernando, sentado en el colchón de su cama, e intentando olvidar la experiencia del baño, miró a través de la ventana y perdió la vista entre los troncos de los árboles que pertenecían al bosque, distinguiendo entre la hirsuta maleza un enorme y viejo letrero de madera desgastada que contenía unas letras que venían a decir algo así como que la caza en aquellos terrenos de propiedad privada estaba penalizada con multas tan elevadas como la que tuvo que pagar una prima suya por conducir bajo los efectos nocivos de las drogas y el alcohol y propinar con furia una fuerte bofetada al policía que amablemente le pidió que hiciera la prueba de alcoholemia y el cual por desagracia no puedo presentarse al juicio porque murió atragantado mientras comía la sopa de letras que su esposa le había hecho una de esas sofocantes noches de agosto en las que el aire es tan cálido que uno tiene la sensación de faltarle el aire y no poder respirar. Eran las siglas de los nombres de los dos diablillos con pechos de infarto y culos que quitan el sentido que, para desgracia de Fernando, entraban en el cuarto en aquel momento. |