Accedí al interior de un dormitorio suntuosamente decorado con un acuario y unos pesados cortinajes de bella factura. Extraje mi transgresor pene de la gruta en la que estaba encajado y no tardé en eyacular una cantidad abundante de esperma, y desperdigarlo sobre los pliegues de su vientre y sobre sus desparramados pechos. Me soliviantó que hubiera detectado mi inexperencia hasta el punto de explicarme qué era el clítoris, pues la verdad siempre incomoda. Me acerqué a una parada de autobús en la que una joven de pelo teñido de rubio y peinado en rastas, que vestía unos ajustados vaqueros azul claro y un top blanco con el que exhibía el ombligo y una porción de su espalda, aguardaba a la llegada del medio de transporte. La furcia, a la que bautizaré con el nombre provisional de Mónica (no, mejor Monique, pues lo francés tiene mucho más gancho en este terreno exótico del erotismo), también parecía estar compartiendo mi inconmensurable placer. Una de ellas, una chica más pintada que un lienzo y con un piercing atravesándole el labio inferior, ostentaba unos senos tan firmes que sin duda habría podido prescindir de su transparentado sujetador violeta. |