Mientras Fernando se la tragaba, voces atormentadas suplicaban en su mente: ¡qué sea un caramelo!¡Dios mío, por favor, qué sea un caramelo!Pobre iluso. —Usted debe ser el Señor Mas U…—Ulloa —dijo Fernando—. —No bromee con esas cosas —dijo de repente, triste y apocado, con un tono serio, al tiempo que bajaba los ojos en lo que parecía un reflejo ocasionado por la vergüenza del momento, pero que era, en realidad, la fuga al terrible hedor que desprendía la boca de aquella porcina mujer—, se lo ruego. ¿Cómo podía verse en una situación tan lamentable? Ni las dos ninfas hubieran podido despertar al pobre Señor Mas de aquella ofuscación mental transitoria. —¿A dónde va usted tan rápido?— preguntó la Doña— Cualquiera diría que ha visto al demonio. —¿Estabas oliendo mis bragas?— preguntó Marianela, la más joven de las hermanas. |