Oí a las otras novicias, así nos llamaban a las residentes en esa peculiar institución, comentar con gran alegría que en dos semanas habría una fiesta en palacio y que tres de nosotras, éramos seis, asistirían a ella. Yo alargaba el momento de levantarme porque me gustaba sentir los labios de la jovencita aquea recorrer las plantas de mis pies. A partir del cuarto latigazo lo oí gemir para luego sollozar. Una vez hube orinado me volví a estirar. Acomodada en mi diván con las piernas extendidas me dedicaba a picotear granos de uva o dátiles dulces mientras Disenk recorría mis manos y mis pies con las suyas. Aari, aún siendo esclavo, estaba protegido por la arconte, es decir, si alguna de nosotras quería que Aari fuese castigado era la arconte y solo ella la que, después de escucharnos a nosotras y a él, decidía si había que castigarle y si convenía que era necesario establecía el cómo en base a la petición que hubiera hecho la novicia ofendida. |