Se mantuvo serena. Disenk pasó la noche despierta, abanicándome primero, después aceitando mis manos y mis pies y finalmente dándoles delicados masajes. Él le había enseñado a usar el arco y las flechas hasta que había llegado a superar su destreza. Hacía hentis que un pueblo no sufría un castigo tan desproporcionado. Varios muebles bajos, media docena, con forma de baúl, se encontraba pegados a una de las paredes a los que seguían dos impresionantes armarios y a continuación dos inmensos espejos dispuestos de tal manera que podía verme de cuerpo entero, tanto por delante como por detrás. —Has ido a entregar el recado que te di a la señora Tajura, Simut? – le pregunté tras acomodarme en mi sillón. |