Su aliento olía a eucalipto. Gracias al tacto de mis dedos, que recorrieron durante un momento su cara, me di cuenta de que su boca estaba abierta en una mueca constante de gozo que me estimuló más si cabe. Caminando hacia la bañera, emití el sibilante y tranquilizador susurro que se usa para acallar a un interlocutor que está hablando más de la cuenta. Con objeto de acallar los inoportunos avisos de mi conciencia inquisitorial, me dije que, probablemente la chica era una cachonda, que no se incomodaría ni un ápice si la tocaba, pues de lo contrario no se habría embutido en aquella prenda tan provocativa. Calculé que no tendría ni veinte años. Mi permanentemente desbocada imaginación me hizo temer, durante un angustioso segundo, que me iba a pegar una dentellada en los testículos, el punto débil de cualquier hombre. |