Dio un respingo al notar el contacto del blanco potingue, pero no quise que esa sensación le durase demasiado y, presuroso, acudí a la llamada de un sexo abierto, que cargado de nata, fue abordado por mis labios, por mi lengua y creo que hasta por mis dientes. Cuando ya empezaba a cansarme del bailoteo, aún con el incentivo de 500 € asomando por el elástico del calzoncillo, me animó un huevo con el número de la fresa. No aceptó la disculpa de que estaban todas ocupadas o reservadas con antelación y, esgrimiendo amenazadoramente el móvil, comenzó una amena conversación con un tal Josemari, mientras el caballero de detrás del mostrador empezaba a cambiar de color y a pasar frenéticamente las hojas del libro de reservas. Normal, es difícil que un argumento precocinado mantenga el nivel del prometedor comienzo, ni tan siquiera para hacerse una paja en condiciones. El polvo que vino a continuación, pasable. Coño, no me agobiéis y que corra el aire,Masu. |