Era alto y esbelto, sin resultar atlético; iba vestido de manera casual y por sus ademanes relajados y nada forzados supe, que estaba en presencia de un hombre sencillo y espontáneo. Mientras a mi me habían premiado en la repartición con un trasero grande y redondo, a Helena la diferenciaba del resto de las mortales un par de senos naturales con los cuales presumir ante la misma Pamela Anderson. Con tacto separé a mi esposo a un lado, y éste entendiendo lo que me aventuraba a hacer, me dejó el campo libre para actuar. Entre tanto, Alberto y Helena coqueteaban abiertamente. Sabía cuanto disfrutaría ella en manos de mi esposo, y lo mucho que a Alberto le gustaría comerse esas pechugas. Los vestidos y las faldas eran sus preferidos, lo deduje por el número; en segundo lugar se hallaban las blusas, todas con escotes pronunciados; y por último estaba la ropa interior. |