La decoración era bastante de diseño mezclada con útiles propios de un pintor, caballetes, una mesa donde se rebujaban cientos de tubos de distintas clases de pinturas, brochas y pinceles y demás cacharrería afín al oficio. El fotógrafo sería Tom, mi querido amigo americano que era un profesional como la coma de un pino. Un cuadro mío si no estuviera en manos de estos desaprensivos costaría una miseria que no me permitiría vivir ni en un apartamento de estudiantes compartido. El pintor físicamente era bastante atractivo, tenia una edad intermedia cercano a los cuarenta diría yo, alto y de complexión delgada pero se intuían unas buenas espaldas y brazos fuertes, su trasero se podía imaginar apetitoso y de cara era francamente guapo, su pelo rubio con un largo medio le daban un aire mas juvenil que lo que realmente era. El amanecer fue espectacular en esa habitación que se iluminaba con los primeras luces del día, despertamos amorosamente entre estiramientos y abrazos, después de una ducha caliente tomé un café y salí despavorido a mi casa para cambiarme de ropa y de ahí ir raudo y veloz a la redacción donde tenia muchísimas cosas que hacer ese día. Fernando se manifestó como un consumado chef, con maestría preparó un arroz con trufas y setas que jamás antes había probado, a este plato tan exquisito lo acompañamos con un blanco catalán impresionante y después del fantástico rizzotto degustamos unas fresas salvajes con crema que me supieron a gloria. |