Por ello, en un primer momento, al ver a Hortensia, pensó en poner a prueba la velocidad de sus piernas y salir huyendo de allí, pero desde hacía tiempo andaba sin un puñetero duro en los bolsillos y las deudas se lo iban comiendo, así que decidió quedarse. El Señor Mas respiró hondo y comenzó a separar las virutas de nanas que formaban la infranqueable barrera con el propósito de hallar una entrada donde alojar su inquieto pajarillo y contentar a la Doña. Yo le animo. Puede que con mi tono se lo parezca, pero es que ando resfriada y tengo la nariz atascada de mocos. Nunca oí salir de sus labios palabra malsonante ni improperio alguno, a excepción de esa inocente frase que tanto repite usted, en la que se defeca en no sé que parte de su cuerpo. ¿Cómo podía verse en una situación tan lamentable? Ni las dos ninfas hubieran podido despertar al pobre Señor Mas de aquella ofuscación mental transitoria. |