Y así fue. Poco a poco el miembro de mi esposo se fue haciendo espacio entre los pliegues de la cuquita dilatada y mojadita de Helena. Desde nuestro encuentro inicial, hubo un aspecto que de forma tácita quedó claro tanto para Helena como para mí: nuestras fortalezas se hallaban en polos opuestos. El saber que otra mujer de igual belleza y sexualmente activa va a tomar a tu esposo para sí, con tu consentimiento, crea duda y temor, pero a la vez excita hasta lo indecible. Lo cierto es que Carlos me llevaba al cuarto a la fuerza y nunca nadie me había tratado así. Bueno, los dejé gozando. |