Entonces, ¿qué? Mira que el taxímetro va ya por 30 euros. Disfrutando tremendamente de aquel polvazo, aproveché que era ella la que hacía todo el trabajo para echarle un vistazo a nuestra común amiga. ¿Está usted libre? – dijo una voz juvenil tras abrirse la puerta trasera. Con habilidad, desplacé el asiento del pasajero todo lo que pude hacia delante e incliné el respaldo hasta que el cabecero tocó el tablier del coche. Os juro que, a esas alturas, yo sudaba como un cerdo. Madre mía qué cachas tenía la nena y qué escotazo tan impresionante. |