Jueves, 30/10/03
 
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Mi vecina árabe

La siguiente historia que os contaré, ocurrió aproximadamente cuatro años.

En mi misma calle vivía una mujer árabe, casada con un hombre español, y con dos niños. Mi madre era amiga de ella, y de vez en cuando, se mandaban recados. Cuando mi vecina, Fátima, (de unos treinta y ocho años), le pedía alguna cosa a mi madre, yo era siempre el encargado de llevarlo. Ella siempre era muy amable conmigo, me invitaba a pasar y a tomar algo, me preguntaba como iba, como estaba, y me solía pedir películas que yo tenía para verlas. Pero un día ocurrió algo diferente.

Nunca me había imaginando echándole un polvete a mi vecina, ya que me doblaba la edad, y no me sentía en ningún momento atraído por mi vecina, siempre la había visto en chándal y con el pelo alborotado y enmarañado. Me pidió un par de películas hacía días, y aquél día fui a llevárselas. Estaba despistado mirando su jardín cuando ella abrió la puerta. Entonces estaba allí, con minifalda azul, botas blancas, sin medias, con una camisa que resaltaban sus pechos (nunca creí que tendría tantas), e iba peinada y maquillada de una forma muy sexy. Ella se sorprendió, no creyó que iba a llegar en ese preciso momento.

Así que le pregunté si molestaba. Ella negó aquella pregunta y me hizo pasar. Estuvo haciéndome algunas preguntas desde el baño, mientras terminaba de arreglarse. Yo estaba sentado en el sillón del salón, mientras ojeaba una de esas revistas de marujeo. De pronto ella salió del baño, sin aquella minifalda ni camisa, solo en ropa interior, un pequeño sujetador negro y una braguitas negras, ella era de un color canela, y toda ella iba a juego con aquella ropa interior.

- Oye, dime la verdad, ¿Este conjunto me queda bien?

Titubeé un poco, y asentí tímidamente. Aquella revista me la puse un poco encima de la entrepierna, para que no se viera que mi verga iba en aumento, pero incluso la revista se levantaba un poco. Ella se dio cuenta de lo que me pasaba, y me miraba y sonreía pícaramente. Así que me dijo:

- Oye, ¿Si me pusiera unos modelitos, me podrías ayudar a elegir?

Le dije que si. Ella se metió en el interior de la casa, mientras yo intenté tranquilizar mi polla. Al cabo de un minuto salió con otro modelo diferente de ropa interior, esta vez era un tanga, le dije que le quedaba perfecto. Ella entró de nuevo, y así salió unas cuantas veces.

Al final salió vestida de nuevo, con su mini, camisa y botas. Yo seguía sentado y ella se me quedó mirándome, como diciendo si aún no me iba. Pero cuando decidí a levantarme ella se me acercó. Ella estaba de pie, a diez centímetros de mi. Yo miraba fijamente sus tetas. Me acarició el pelo y acercó mi cabeza hacia su falda. Con mi mano bajé la cremallera de su falda. Se le calló hacia los tobillos. Llevaba el conjunto del tanga, fue mi conjunto favorito. Ella miró hacia el techo, y dio un gemido. Metí mi mano por debajo de la camisa, y acaricié su vientre.

 

 

Sebastián sacó su pene flácido, para que oxigenara. Helena se lo llevó a la boca y la mamó. El cura había cumplido su fantasía sexual, lo que siempre había deseado. Gimió mientras su amada se la chupaba con la lengua, recogiendo sus jugos mezclados con su semen. Helena acariciaba con sus dedos su ano mientras lamía la polla de su cura. Un cosquilleo recorrió la punta del zipote de Sebastián, y empezó a descargar a toda velocidad y sin parar su leche, que se iba introduciendo en la boca de Helena y le obligaba a tragar.

Las confesiones del cura Sebastián II: La venganza de Don Cristo

Hacía ya más de un año desde que se tiró a Helena. No pensaba en otra cosa más que en follar y follar, y se mataba a pajas con revistas guarras. Por suerte, había podido mantener en secreto su relación con Helena, y seguía haciendo el amor con ella en el confesionario y fuera de el, y solía masturbarla con crucifijos.

Sebastián tan solo tenía veinticuatro años y era más grande que un armario, y a aparte de Helena, satisfacía a todas las jóvenes de su edad. Pero notaba la presencia y furia de Cristo junto a él, y que no andaba en buen camino. Pero un día ocurrió lo que nunca creía Sebastián que pudiera suceder.

Estaba dando la misa una mañana de domingo. Todas las jóvenes a las que se ligaba siempre iban a escucharlo, y le sacaban la lengua sensualmente.

Después de soltar las chorradas que decía cada semana vio entrar por la parroquia a una preciosa mujer vestida de monja, acompañada de Don Marcial, el jefe cura. Todos los vecinos del barrio comenzaron a marcharse, y don Marcial se acercó a Sebastián, con aquella maciza mujer.

- Sebastián, te presento a María, tiene veinte años. Sus padres la han metido a monja por unos... unos asuntos... algo personales.-dijo el cura mirando a todos lados.

Sebastián no apartaba la mirada de los grandes senos de María. "Al menos una 100", pensó Sebastián.

Se le estaba poniendo tiesa, y además le daba morbo el nombre de María. "Tiene una cara cachonda que no puede con ella, ya se yo cuales son sus asuntos personales".

- Sebastián, enséñale las instalaciones de la parroquia mientras yo voy a tomar algo.

Sebastián asintió y don Marcial se fue. Sebastián le enseñaba las instalaciones a María. Su culo se marcaba en aquella túnica arrapada, y dio cuenta de que María llevaba tanga. Sebastián se llevó a María a su dormitorio para que lo viera, y para ver si conseguía algo con ella. María entró mirando todos los rincones de la habitación. Sebastián no lo pudo remediar, y extendió su mano hacia las nalgas de María, y apretó con sus manos el hermosos culo de la joven monja. Esta dio un gemido y se giró de repente.

-¿Pero que haces?

- Me pones mucho, María. Pero entiendo tu rechazo, perdón, mejor olvidar esto.

- No, fóllame aquí mismo.

Sebastián se lanzó sobre ella, y le quitó con brutalidad la túnica. Ella le quitó la ropa a Sebastián y le quitó los calzoncillos. María observó la verga de Sebastián, larguísima y gorda, y pensó si le cabría en la boca. Los dos estaban desnudos sobre la cama. Sebastián estaba de rodillas sobre la cama y María con el culo en pompa, observando la verga del cura.

- Chúpamela, preciosa.

María abrió la boca y se metió la punta de la polla de Sebastián en la boca, y mientras mamaba le miraba a los ojos cachondilla. María sacó la lengua y acarició el zipote de Sebastián unas cuantas veces, mientras este gemía de placer. María le mamó tanto como supo y le hizo una paja turca, hasta que el semen de Sebastián salió disparado, y María abrió la boca, y el semen le entró en su boca, y se le desparramó por las tetas, y los pezones se le irritaron y se le pusieron duros como piedras. Sebastián le agarró la cabeza a María y la manejaba para que se la chupase. Después de un rato de felación María puso su culito en pompa, y Sebastián lo acarició, y restregó su pene por el ano de María. No pudo remediarlo, y metió su enorme polla de repente en el culo de María. Está chilló de dolor, y lloraba, pero el sufrimiento se convirtió en gusto.

La había penetrado muy brutalmente, sin lubricación ni nada, y el ano de María comenzó a sangrar. Al principio todo iba lento, pero Sebastián comenzó después a bombearle el culo a María, tan fuerte que ella se alzaba por la penetración. La polla de Sebastián entraba a una velocidad increíble, y su verga se escurría de vez en cuando hacia fuera. Sebastián volvió a correrse, esta vez menos, empapando el culo y la espalda de María. La monja le lavó la polla con su experta lengua. Sebastián la tumbó poca arriba y ató las manos de María en la cabecera de la cama. El cura se tumbó sobre ella, y María rodeó la cintura de Sebastián con las piernas, para que no se escapará. Sebastián le metió hasta el fondo, y comenzó a deslizarse arriba y abajo, hasta hacerlo cada vez más rápido. El cura besaba y paseaba su lengua por los senos y pezones rosados y duros de María. Sebastián se vació dentro de ella, y a pesar de que no llevaba preservativo no se acordó de el en ningún momento. Sebastián ya no podía más, pero aun así seguía metiendo.

En aquellos momentos por la puerta apareció Helena, que se quedó parada viendo la escena.

- Ven aquí Helena, aún tengo para ti.

En la parroquia entró de nuevo el cura don Marcial y llamando a Sebastián empezó a buscarlo por toda la parroquia. Oyó los gemidos procedentes de la habitación, y entró asustado. Vio aquél trío impresionante.

- ¡Ave María purísima!.- dijo don Marcial despavorido.

- Apúntese, don Marcial.-dijo Sebastián alegremente, llenando a las dos chicas de su leche.