Lancé la llave sobre la mesa. Sin demasiado esfuerzo conseguimos compenetrarnos y sentir en profundidad el abanico de sensaciones que nos prodigaban los rozamientos. Esperaba algún comentario al estilo de Cabrones, me queréis echar, pero no llegó. ¿Aunque él quiera vivir ese extremo? ¿Aunque reclame a gritos que lo abraces, que lo beses, que le des placer?Se ha visto arrastrado a ello. ¿¡Eh, eh, calma! –reclamaba mi niño. Los imaginé jugando y sonriendo, olvidados ya los días que habíamos pasado juntos. |