—¿A qué hora vendrán?Hizo una pausa para que respondiera el interlocutor, durante la que se le iluminaron los ojos de forma gradual hasta quedarle un gesto de bobalicón. La chica se revolvía como una fiera indómita con el fin de zafarse, pero la fortaleza de sus aprehensores aplacaba de sobra sus convulsos movimientos. Estas palabras fueron el banderazo de salida de una bacanal, cuyos componentes se dispersaron por todas los rincones de la casa. Por ejemplo, la Merche tiene unas perolas que no caben en ningún sujetador, pero la Susana. Luego, con una soltura antierótica, se despojó de la blusa y del sostén cuyo enganche apenas se resistió ante sus manos hábiles. De inmediato, caí en un abismo de negrura. |