—¿Está rica, eh? —lo abordé intentando ser amistoso. Sin embargo, la sonrisa se borró cuando el individuo, en un arrebato de sadismo, comenzó a estrujarle los delicados senos. Me quedé un rato mirando ensimismado a otra que iba ataviada con un vestido muy vanguardista que dejaba al descubierto su espalda. Aunque no todas se comportaban de la misma manera desdeñosa: algunas se giraban con una media sonrisa que indicaba que se habían sentido halagadas. Estoy convencido de que con un poco de voluntad por parte de la fiera, hasta una relación zoofílica tan peculiar podría salir adelante. De momento había abusado ligeramente de la joven Andrea en el autobús urbano y había copulado con gran provecho recíproco con Julia en mi incursión más exitosa. |