Los trajes y el resto de la ropa de Carlos ocupaban el lado derecho del closet, y la ropa de Helena el izquierdo. Esto me dejó atónita, y no supe como responder en un primer momento. Ella volteó para yo pudiese ver la mercancía; se sonrió, giró hacia mi esposo y hundió la mano en su bragueta en un gesto que, analizándolo hoy día, resultó una especie de despedida; un ir cada una a sus asuntos. Carlos, que no había sacado ni movido su miembro, comenzó a subirlo y bajarlo suavemente, y Alberto lo imitó. Ese roce me llenó de una dicha que hoy día no podría describir, ni que me viera obligada a hacerlo. En ese momento recordé las primeras salidas con Alberto, y lo mucho que me había costado acostumbrarme al grosor de su pene. |