Me sentí perversa y mala. Retocé el muslo contra sus dedos, le comuniqué mi deseo restregado, acariciante, incitando. Los asientos retrepados, el meneillo del autocar, la hora intempestiva y las luces apagadas, surtieron el lógico efecto. ¡Me encantaba!Supe que eran suyos los poemas del correo. Aparté con mi mano la suya y tomándola con dulzura, esta vez sí quedamos dormidos. Las luces amarillas de las lamparitas redondas sobre los asientos iluminaban el interior del autobús aparcado en mitad de la noche. |