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MI VECINO EL SALVAVIDAS NEGRO
Vi también el tronco que penetraba y volvía a salir, una y otra vez, en la
ardiente cueva de Rosa y me asombré de que no la partiera en dos
Iba a pasar algunas semanas en Acapulco contratado para la instalación y
organización de un centro comercial, por lo que consideré más práctico, cómodo y
económico rentar una pequeña casa amueblada para vivir en ella esa temporada. La
casa era parte de una construcción duplex y tenía como vecino en la casa
contigua, según me informaron, a un salvavidas que trabajaba en la playa privada
de un hotel de lujo.
Durante la primera mañana el vecino no dio señales de vida, fue al caer la tarde
cuando, por una de las ventanas de la recámara, que estaba en la parte alta de
la casa, lo ví llegar.
Era todo un ejemplar de macho, entre 25 y 27 años, alrededor de 1.80 de
estatura, una regia musculatura como para competir (y ganar) un campeonato de
físico culturismo a nivel mundial, una piel oscura con un matiz entre dorado y
canela, ojos color miel y el pelo de ese rubio que da el agua de mar y la
constante exposición al sol de la playa, su único atuendo era un breve traje de
baño, tipo bikini, que hacía resaltar la redondez de su apetecible y respingón
trasero y el respetable tamaño de su viril paquete. Llegó cargando, con mucho
garbo una maleta en la que seguramente llevaba el resto de su ropa, caminaba con
paso era elástico ostentando un gesto altivo y una alegre sonrisa que mostraba
una dentadura perfecta.
Su imagen me causó una grata impresión.
"Buenas tardes, güerito. Yo vivo en la casa de junto, vamo a ser vecino" Me dijo
con ese cadencioso acento costeño y esa forma de pronunciar las palabras
comiéndose, en algunas, las "s"
A pesar de que soy 100% heterosexual, no pude dejar de observar, mientras
respondía a su saludo, la perfección de su cuerpo, la elegancia de sus
movimientos, lo apetitoso de su trasero y lo atractivo de sus atributos
masculinos cuya dimensión y forma eran fácilmente notables bajo la tela del
bikini. En cuanto cruzó el umbral de su puerta empezó a cantar; tenía una voz
grave, varonil, entonada, de timbre metálico que me erizó la piel por su
erotismo, ya que, al cantar deformaba la letra de las canciones intercalando
picardías y palabras obscenas aunque, de alguna manera, eso rompió la imagen de
elegancia que me había formado.
La primera canción fue una que recuerdo haber escuchado en una película de
Almodóvar, creo que se llama Piensa en mí y la cantaba de esta manera::"Si
tienes un hondo "panal", piensa en mí. Si tienes ganas de mamar, piensa en mí…"
Luego, con el mismo entusiasmo de la primera, entonó otra que decía:"Cuando te
haga falta un revolcón, háblame; cuando sientas frío bajo el calzón,
háblame"…Por supuesto que todas las canciones eran coreadas por las espontáneas
carcajadas de Rosa, la mulata encargada del aseo de la casa, quien, estaba
convenido, vendría tres veces por semana.
Más tarde, cuando hubo terminado su trabajo, se despidió Rosa (no la he
descrito, pero era una atractiva mulata, morena de cintura breve, nalgas
abundantes con un cachondo movimiento al andar y senos pequeños, pero bien
formados). Me gustaba su movimiento de caderas al andar, por lo que me asomé por
una ventana para verla moverse mientras se alejaba; la calle estaba vacía por lo
que deduje que había entrado a la casa vecina, pues posiblemente también hiciera
algún trabajo de aseo ahí. .
Eso estaba pensando cuando escuché unos suaves gemidos que me calentaron la
sangre.
Imaginar lo que podría estar pasando en la casa de junto me impulsó a la
curiosidad de ver aquello que imaginaba. No había, por supuesto ninguna ventana
por la que pudiera asomarme, pero recordé que en la parte alta de la pared del
baño había una ventila que daba hacia la otra casa; acerqué un banco alto y me
subí asomándome hacia fuera. Frente a la ventila de mi baño estaba la ventana,
abierta, de la recámara del negro y, tal como lo había imaginado, a través de la
ventana abierta se veía a la mulata Rosa que gemía, mientras era cachondeada por
el negro que la estaba despojando de la blusa dejando libres los pequeñas y
duros senos que no portaban sostén, de los que se prendió el negro pasando la
lengua por los pezones que, una vez erectos, devoró chupándolos con avidez;
mientras la mulata gemía con los ojos cerrados, luego fue la falda la que cayó
al suelo, quedando ella desnuda pues solo esas dos prendas de ropa llevaba (cosa
que nunca imaginé) y el negro la cargó, como si fuera una pluma, arrojándola
sobre la cama donde ella abrió las piernas levantándolas en una gran V, y el
negro, despojándose de su bikini en un rápido movimiento, arremetió contra la
caliente y húmeda cuevita de la enardecida mulata, metiendo su enorme
instrumento deslizándolo suavemente, pero con firme decisión mientras la mulata
aceleraba su respiración, aumentaba los gemidos y se empeñaba en cerrar los ojos
y morderse los labios reflejando un gesto de incontenible felicidad.
Mi erección fue instantánea..
Yo vi la húmeda y golosa cueva que devoraba aquel adorable monstruo de lujuria y
vi también, de perfil, el tronco que penetraba y volvía a salir, una y otra vez,
en la ardiente y húmeda cueva de Rosa y me asombré de que no la partiera en dos.
No sé, por supuesto, cuanto mediría exactamente, pero tengo la seguridad de que
sobrepasaba, con mucho, los veinte centímetros y era de un grueso considerable;
entraba y salía lentamente, pero con energía hasta lo más profundo, brillando
por los jugos que la bañaban.
Repentinamente el ritmo se aceleró y los gemidos de Rosa se convirtieron en
gritos que exigían.
-Más, más, maaaas -mientras arqueaba el cuerpo y jalaba de las caderas al negro
para llevar hasta lo más profundo la penetración.
No me di cuenta a qué horas empecé una frenética masturbación que mi erecta
verga exigía, pero, segundos después, en una perfecta sincronía, tuvimos, al
mismo tiempo, un explosivo, grandioso y prolongado orgasmo los tres.
Lo que pasó, al día siguiente, con el atlético, caliente y obsceno negro, se los
contaré en otra ocasión.
Autor: Aquel