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NATURALMENTE (II) LUIS Y ANA
Exhibicionismo. La otra pareja le planteó la posibilidad de hacer el amor en
presencia suya.
Estábamos los dos desnudos sobre la cama, Eva encima de mí, charlando de mil
cosas, y besándonos apasionadamente de vez en cuando.
Había oscurecido completamente. De repente, Eva miró la esfera fosforescente de
su reloj:
- ¡Cielos!. Son casi las nueve y media. ¡Y hemos quedado con Luis y Ana!.
Se levantó, y me dio un cachete:
- ¡Venga!. Vamos a ducharnos y vestirnos, que estarán a punto de llegar.
Me sentí frustrado. Después de mi primera vez con Eva, no tenía ninguna gana de
salir, a pesar de que por la mañana me había parecido una idea atractiva. La
seguí a regañadientes hasta el cuarto de aseo. Tenía la idea de que nos
ducháramos juntos, enjabonándonos mutuamente. Pero, en el espacio reducido de la
"mobil home", aquello era imposible. Incluso mi intento de dejar las cortinillas
abiertas mientras ella estaba bajo el chorro de agua, terminó con el suelo
inundado, por lo que hube de desistir.
Cuando ella acabó, me metí a mi vez bajo la ducha fría, limpiando mi sudor y los
restos de nuestra sesión de sexo de mis genitales y mi pubis. Todavía secándome
la cabeza, me dirigí al dormitorio que, ahora sí, estaba seguro de que íbamos a
compartir. Eva se había puesto unas braguitas, y estaba pasando por su cabeza
una camiseta de tirantes.
En ése instante, oí que unos nudillos golpeaban la puerta.
- Abre, que serán Ana y Luis -gritó Eva, mientras cerraba la puerta-.
Me maravilló la inconsecuencia de aquel gesto. Por la mañana, había estado
completamente desnuda ante ellos. Pero ahora, quería preservar su intimidad
mientras acababa de vestirse.
Abrí, sin tener conciencia de que yo estaba desnudo. Pero la tuve cuando vi a
Ana y Luis, completamente vestidos. Ana llevaba puesto el sujetador de un
bikini, y una minifalda estampada, con vuelo, que resaltaba el moreno de sus
muslos. En la mano, una camisa, que supuse pensaría ponerse más tarde.
Les invité a pasar:
- Entrad mientras acabamos de vestirnos. No os puedo ofrecer nada, porque hoy no
hemos tenido ocasión de hacer compra.
Y me dirigí a la habitación, de la que ya salía Eva, que se había vestido con
unos pantalones largos ajustados, además de la camiseta blanca.
Cuando volví, ya vestido, a la sala de estar, estaban charlando animadamente
sentados en los sofás. Y Ana tenía impúdicamente subida la falda dejando ver la
totalidad de sus muslos separados, y la entrepierna de unas braguitas negras.
Incomprensiblemente, me hizo más sensación esa visión, que la de su coñito, que
había tenido ocasión de contemplar por la mañana.
Decidimos ir en un solo coche, y el mío estaba estacionado al lado de la "mobil
home", por lo que fuimos en él.
El paseo marítimo estaba muy animado. Una multitud de personas paseando, o
cenando en los múltiples restaurantes cuyas terrazas ocupaban más de la mitad de
la acera. Era imposible andar sin tropezar a cada paso con alguien.
Por fin, llegamos a la discoteca. Nada más entrar, me aturdió el enorme ruido de
unos enormes "baffles", y allí dentro no se podía dar un paso. Lo que me
parecieron miles de chicos y chicas muy jóvenes, se agitaban espasmódicamente al
ritmo de una música estridente. Sonaba como una lavadora centrifugando, con
golpes de martillo en el fondo y, de vez en cuando, intervenía un taladro
girando a la máxima potencia. Esa al menos fue la impresión que me dio.
Imposible hablar allí dentro. Y notaba los golpes del "martillo" retumbando en
mis vísceras. Eva tenía la cara crispada. Ana y Luis tampoco se veían demasiado
cómodos. Por señas -no se podía de otro modo, ni aunque hubiera chillado en su
oído- les hice saber que Eva y yo nos íbamos, y ellos nos siguieron a la salida.
Ya en la calle, aún notaba mis tímpanos insensibles por todo aquel estruendo.
Decidimos "picar" algo (ninguno de los cuatro había cenado). Después de tomar
unas raciones, y beber un par de cervezas heladas, estuvimos paseando un rato.
Eran pasadas las doce de la noche, pero el gentío apenas había disminuido. Si
acaso, se veían menos chiquillos que antes.
Un local del que salía el sonido de una música más "civilizada", atrajo nuestra
atención. Nos decidimos a entrar. El volumen estaba demasiado alto para mi
gusto, pero sin llegar a ser doloroso, como en el lugar anterior. Nos dirigimos
a un pequeño hueco en la atestada barra, con la idea de pedir unas copas. A
nuestro lado, un grupo de cuatro turistas extranjeros casi adolescentes,
vestidos estrafalariamente, apuraban unas grandes jarras de cerveza, entre
chillidos y risotadas de borracho.
Antes incluso de haber podido llamar la atención de un camarero, uno de aquellos
tipos, que estaba muy cerca de Ana, la tomó por los pechos desde atrás, mientras
gritaba:
- ¡Puta española, folla con mí!.
Sin pensar en las consecuencias, cogí al energúmeno aquel por la pechera de la
camisa, y le pegué un fuerte puñetazo en sus morros babeantes. Se quedó sentado
en el suelo, con un labio partido, y cara de aturdimiento. Uno de sus
acompañantes, se levantó del taburete y, tambaleante, me lanzó un mamporro que
pude esquivar sin mayores problemas. No tuve que tocarle. Casi se cayó en los
brazos de Luis, que se había acercado con cara de pocos amigos. Le empujó para
separarle de él, y le tumbó de un golpe con la izquierda.
Afortunadamente, aparecieron como salidos de la nada dos tipos fornidos, que
levantaron como plumas a los dos borrachos, y sacaron a todos ellos a empujones
y puntapiés por una puerta lateral. Nosotros ya habíamos tenido bastante, así es
que nos marchamos.
Ya en la puerta, y después de tranquilizar a las chicas, que estaban muy
asustadas, me acerqué al portero del local del que acabábamos de salir.
- ¿Sabes de algún lugar tranquilo, donde podamos ir con las mujeres a bailar y
tomar una copa?.
El lo pensó unos instantes.
- Hay uno. Pero no sé si os gustará. El ambiente es de parejas maduras...
Y me indicó como llegar desde allí. Estaba a las afueras, en la carretera que
enlazaba con la autopista. Siguiendo sus instrucciones, llegamos enseguida con
mi coche.
Efectivamente, el lugar tenía música suave y las luces muy tenues. Había una
serie de sofás pegados a las paredes, pequeñas mesitas bajas, y "pufs" en el
otro lado de las mismas. Y, tal como me había dicho el portero, la mayoría de la
concurrencia estaba compuesta por parejas de más de cuarenta años, incluso
algunas claramente pertenecientes a la "tercera edad"; aunque también se veía un
grupo de tres chicos y dos muchachas más jóvenes, ocupando una de las mesas del
fondo.
Nos sentamos, y pedimos unos cafés y unas copas, mientras comentábamos los
recientes sucesos. Luego, hubo una pausa, mientras nos limitábamos a escuchar la
agradable música bailable. En el centro de la sala, tres o cuatro parejas
mayores se movían enlazados. Me tentó:
- ¿Bailas, Eva? -le pregunté, mientras la tomaba de la mano.
Salimos a la pista, y nos mecimos al ritmo de la música. Yo había pasado mis dos
brazos en torno a su cintura, y ella tenía un brazo en mi espalda, y el otro
alrededor de mi cuello. Muy juntos, de forma que podía sentir la presión de sus
senos en mi pecho, nuestros vientres en contacto, y el roce de sus muslos en los
míos. Nos besamos largamente, hasta que acabó la pieza, y se hizo el silencio.
Volvimos a la mesa.
Luis y Ana habían estado siguiendo nuestras evoluciones. Ella tenía los ojos muy
brillantes, y se humedecía los labios con la lengua, en un gesto muy sensual.
- ¿Vosotros no bailáis? -les pregunté-.
- Luis es un patoso, y le da miedo hacer el ridículo.
Se levantó, y se colgó de mi brazo.
- Sácame tú a bailar.
Y, volviéndose a su acompañante:
- ¿No te importa, verdad?.
Pero no esperó su aquiescencia. Me empujó literalmente a la pista, y se abrazó a
mí como antes lo había hecho Eva.
- ¿Lleváis mucho tiempo juntos Eva y tú? -me preguntó, su boca casi en contacto
con mi oído-.
- Unas semanas -le respondí-. Salíamos con un grupo de amigos. Un día, hablando,
decidimos venir de vacaciones juntos -no quise explicarle cómo llegamos a eso-
y, desde entonces, hemos estado viéndonos los dos solos.
- ¿La quieres?.
- No lo sé. Aún es muy pronto. Me gusta muchísimo.
- Eva es una chica muy especial -dijo ella-. Se merece lo mejor, y creo que ha
encontrado en ti al hombre que siempre había esperado.
Se separó un poco, con una sonrisa de picardía:
- He visto como te mira. No sé si debería decírtelo, pero está "colada" por ti.
- Ya te he dicho que el sentimiento es mutuo -confesé-. Me siento muy bien a su
lado. Es una chica preciosa, y pretendo continuar esta relación. Y espero y
deseo que ella sienta lo mismo por mí.
Volvió a apretarse contra mi cuerpo, y puso su boca otra vez muy cerca de mi
oreja:
- Voy a confesarte algo, si no te avergüenzas. Cuando llegamos esta tarde, era
la segunda vez. Estuvimos en vuestra caravana como una hora antes, pero no nos
atrevimos a llamar. ¡Caramba!. Tenéis que ser un poco más discretos. Desde fuera
se sentían vuestros jadeos, y nos imaginamos que no estabais, precisamente,
viendo la televisión... Luis y yo nos pusimos muy calientes, y estuvimos a punto
de ir a la nuestra a imitaros.
Debí enrojecer hasta la raíz del pelo. No sabía que responder. Y me preguntaba
por qué aquélla mujer, que apenas conocía, había llevado la conversación a
términos tan escabrosos.
- ¡Te has ruborizado! -exclamó ella-. No tienes por qué. Lo que hacíais es de lo
más natural, en una pareja joven y atractiva como vosotros.
- ¿Cómo te hubieras sentido tú, si hubiera sido yo el que te dijera que había
escuchado como hacías el amor con Luis? -le pregunté-.
- Pues, de ninguna manera especial. Llevamos casados más de cuatro años, y antes
estuvimos viviendo juntos casi otros tres. -Su voz cambió a un tono
confidencial-. De hecho, llegamos a practicar el nudismo porque los dos, de
siempre, hemos sido un poco exhibicionistas. Incluso en un par de ocasiones,
hemos hecho el amor en presencia de otras dos parejas conocidas. Entiéndeme, no
se trata de intercambios, ni nada parecido. Luis es muy posesivo, y me ha dicho
claramente que no soportaría la idea de ver como "lo hago" con otro hombre. Pero
hacerlo en presencia de otros nos excita muchísimo. Y en pocas ocasiones hemos
conseguido tanto placer los dos solos como el que sentimos cuando tenemos
espectadores.
A ésas alturas, yo estaba sintiendo como mi pene se endurecía, oprimido contra
su vientre. Ella lo notó. Paró de bailar y se separó ligeramente de mí, mientras
se excusaba:
- Lo siento, no era mi intención excitarte. Pensaras que soy una
calientabraguetas. Pero te repito que nunca me he acostado con ningún otro
hombre desde que conocí a Luis...
- Perdóname tú -respondí-. No he podido evitarlo. Ha sido una reacción natural a
tus palabras.
Volvimos a la mesa, donde Eva y Luis charlaban amistosamente. Estuvimos allí
hasta avanzada la madrugada. Bailé unas cuantas veces con las dos chicas, e
incluso Ana animó a su marido a que lo hiciera con ella. Verdaderamente, Luis
tenía los pies como de cemento, y se movía torpemente, con las piernas rígidas.
Lo dejaron enseguida. Decidimos volver al "camping".
Yo no hacía más que darle vueltas a la conversación que había tenido con Ana. Y
la idea de verles a los dos copulando, me daba mucho "morbo". Pero no creía que
existiera la más mínima posibilidad.
Dada la hora, la barrera de la entrada estaba bajada, por lo que tuve que dejar
estacionado el coche en el "parking" exterior. Ellos ocupaban una parcela al
borde del camino asfaltado que teníamos que seguir para llegar a la nuestra. Nos
paramos ante ella para despedirnos. Antes de que tuviéramos tiempo de ello, Luis
nos ofreció:
- Mañana no tenemos que madrugar, que estamos de vacaciones. ¿Por qué no pasáis
a tomar la última copa?.
Dejé que Eva decidiera. Ella consintió:
- De acuerdo, pero sólo un momento. Es ya muy tarde.
Entramos. La caravana de ellos era mucho más pequeña que la nuestra, del tipo de
las que se remolcan con el propio vehículo. Había dos pequeños sofás en un
extremo, que me explicaron que se desplegaban para convertirse en cama por la
noche. En medio, una mesita abatible. El ambiente en el pequeño espacio cerrado
era sofocante. Luis conectó un pequeño acondicionador al fondo, pero su leve
corriente de aire fresco, sólo aliviaba en parte el intenso calor.
Eva y yo nos sentamos juntos en uno de los sofás. Ana se sentó enfrente,
levantándose previamente la falda "para no arrugarla" -dijo- ofreciéndonos la
visión de sus breves braguitas negras antes de acomodarse en el sofá. Luis
preparó unas bebidas, y se sentó después al lado de su mujer.
- Tengo que darte unas clases de baile para estas ocasiones -Ana, dirigiéndose a
su marido-. Al final, siempre acabo bailando con otros. -Se abrazó a él, y su
voz se tornó melosa-. Y yo quiero hacerlo contigo, muy juntitos los dos.
Yo agradecía el hecho de estar vestido, además de la mesita que, elevada,
ocultaba nuestras piernas. Porque, de otro modo, no hubiera podido ocultar mi
pene erecto, luego de ver los arrumacos de Ana a Luis. Después de la
conversación que habíamos tenido, estaba seguro que la chica buscaba "montar el
numerito" ante nosotros, lo que me producía sofocantes imágenes mentales. Tuve
una inmediata ratificación:
- ¡Uf!. Qué calor hace aquí. -Se dio una palmada en la frente-. ¡Oye, que esto
es un camping nudista, y no tenemos por qué estar vestidos con esta
temperatura!.
Se quitó la camisa, y después el sujetador que llevaba debajo, liberando sus
grandes pechos. Luego, se incorporó ligeramente, bajándose las braguitas y
obsequiándonos con la vista de su vulva para, finalmente, quitarse la falda,
quedando completamente desnuda. Luego, empezó a desabrochar la camisa de Luis,
que terminó desnudándose rápidamente. Y él estaba en el juego. Su pene, que
emergió totalmente horizontal cuando se despojó del "slip", era la mejor
confirmación.
Miré a Eva. Estaba totalmente encarnada, con cara de confusión. Ana y Luis nos
contemplaban desde el otro sofá:
- ¿Vais a quedaros vestidos -preguntó Ana-.
Me decidí, desnudándome a mi vez. Eva, renuentemente, no tuvo más remedio que
imitarnos. La visión de mi verga, totalmente erecta, arrancó un silbido
admirativo de Ana:
- Oye Eva, ¡vaya que debes estar bien servida, con ése pedazo de polla!.
Esta estaba encarnada como un tomate. Erguida en el asiento, muy quieta, tenía
las manos cruzadas sobre el pubis, como si no estuviera acostumbrada a estar
desnuda ante otros. Pero ¡claro!, una cosa era estar desnudo, "naturalmente",
como ella me había dicho, y otra muy diferente delante de aquellos dos, que
claramente estaban dispuestos para el sexo. Me acordé de sus palabras "...no te
imagines que aquello es una orgía, ni nada parecido...". Claro que, bien
pensado, esta escena podía haber ocurrido en otro lugar. El hecho de que todo el
mundo en éste lugar prescindiera de la ropa, sólo había dado una clara excusa
para lo que habría sucedido de todos modos.
Delante de nosotros, Ana y Luis se besaban apasionadamente. Luis acariciaba los
grandes pechos de su mujer que, a su vez, tenía una mano en torno a la verga de
él, que subía y bajaba sobre ella. Estaban absortos en lo suyo, sin preocuparse
para nada de nosotros dos. Y, al menos a mí, aquello me estaba excitando
muchísimo.
Unos momentos después, Ana estaba tumbada boca arriba en el sofá, con las
piernas abiertas. Luis, enterrada la cara entre los muslos de ella, lamía
aplicadamente el coño de su mujer, mientras se masturbaba. Y los dos, jadeaban
fuertemente, muy excitados. Era como una película "porno", pero en vivo. Yo no
había tenido nunca una experiencia así. Y Eva, aunque respiraba agitadamente,
seguía en la misma postura de antes.
Probé a acariciar sus pechos. Ella no se apartó, pero siguió sin moverse, tensa.
Cuando, unos instantes después, volví la vista hacia la otra pareja, él estaba
sobre Ana, y pude observar claramente su verga entrando y saliendo de la vagina
de su mujer quien, con los ojos cerrados, gemía incontrolablemente. Unos cuantos
segundos después, los dos se revolcaban espasmódicamente, con un intenso orgasmo
simultáneo.
Estuvieron unos segundos besándose apasionadamente, olvidados de nosotros. Eva y
yo intercambiamos una mirada. Tomando nuestra ropa, salimos sin hacer ruido.
Aunque no había nadie por el camino, yo mantuve mis prendas puestas delante,
ocultando mi tremenda erección. Finalmente, llegamos a nuestro alojamiento.
Arrojamos la ropa de cualquier manera sobre el sofá, y entramos rápidamente en
el dormitorio, abrazándonos con ansia sobre la cama.
Yo había empezado con mis caricias preliminares, pero una mano en el coñito de
Eva me indicó que ella estaba, al menos, tan caliente como yo. Se tendió sobre
mí, y me dijo muy quedo al oído:
- Por favor, quiero que me la metas ya. No puedo esperar ni un minuto más -y su
voz era casi un chillido de excitación-.
Inserté mi falo muy profundamente en su vagina, ya totalmente lubricada. Mis
manos empezaron a estrujar sus pechos, que se bamboleaban con los movimientos de
sus caderas al cabalgar sobre mí.
Y acabamos los dos al unísono. Noté el principio de su orgasmo en las
contracciones de su vagina sobre mi pene, que derramó inmediatamente su carga
dentro del vientre que lo alojaba.
Con un último suspiro, ella se tumbó sobre mí, pasando sus brazos en torno a mi
cuello. Me mordisqueó el lóbulo de una oreja:
- Nunca hubiera imaginado a éstos dos en ésa situación. ¡Pero si ni siquiera les
había visto nunca besarse o hacerse alguna caricia en público!.
Decidí gastarle una broma.
- Pues, no sé si te has dado cuenta, pero cuando alguien te invita, hay que
corresponder después. Así es que mañana, les pediré que pasen a tomar algo con
nosotros... y follaremos delante de ellos. Y, a lo mejor, probamos a cambiar de
pareja.
Ella me miró horrorizada.
- ¿No lo estarás diciendo en serio?.
- No, mujer -la tranquilicé-. Por nada, consentiría en que tú lo hicieras con
otro hombre delante de mí. Me gustas mucho, y no voy a compartirte con nadie.
Ella me besó dulcemente:
- Tú también me gustas un montón.
Luego puso la cabeza en el hueco de mi hombro, cerrando los ojos. Y, unos
segundos después, sentí su respiración acompasada. Se había quedado dormida, con
mi pene aún en su interior...
Comentarios: donnar (arroba) wanadoo.es