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Durante el tribunal la abadesa echaba rayos y centellas. “Tu comportamiento ensucia la pureza de nuestro ambiente austero y apaga la luz de nuestra devoción. Has destruido el honor y la buena reputación del convento. Ningún acto de contrición limpiará esta mancha”. La pobre Isabetta no paraba de llorar. Las amenazas fustigaban sus oídos y picaban su alma cual un enjambre de avispas. De pronto levantó la mirada… “Madre, tenga la bondad de arreglar su cofia. Después hablaremos”. “¿Te atreves a bromear, sinvergüenza? ¿Qué cofia?” “Arregle la cofia y diga lo que se le antoja”. Bastó una mirada a la superiora para captar la alusión. Entonces Usimbalda cambió de tono y se puso a predicar todo lo opuesto al discurso previo. “Hija mía, es difícil resistir a la llamada carnal. Cada una se consuela como puede. ¡Pero a hurtadillas! ¿Entiendes? Vete con Dios. Disfruta el resto de la noche. Tampoco soy de piedra y no me apetece malgastar mi tiempo con vosotras. Me están esperando”. Isabetta regresó a la celda, dispuesta a continuar las lecciones del evangelio. Y la abadesa se reunió con el cura. “Deja en paz a los tortolitos, - dijo él. – La boca se hace más joven con los besos. Aprende a preparar el elixir de juventud. Te ayudaré”. Acto seguido se fundían en un ósculo húmedo. Usimbalda se sentó a horcajadas sobre su amante e inició una lenta cabalgata, azotada por la mole de su barriga.