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Norman se acercó descaradamente y se detuvo exactamente frente a mi rostro, dejando su enorme herramienta a mi alcance. Olía a especias. Después de un momento de confusión le tomé la verga y comencé a acariciarla. Mi corazón palpitó intensamente y la adrenalina se me subió a la cabeza, me puse nerviosismo de tener a ese hombre frente a mí. Tenía nariz recta, unas pestañas negrísimas, largas, preciosas y despedía testosterona por todo su ser. Sus manos eran toscas, muy grandes, con dedos muy gruesos y sus brazos completamente velludos. Yo, al ver su órgano viril muy cerca lo tomé en mi boca y (finalmente) comencé a chupar.