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INFIDELIDAD EN LA PLAYA Mi bañador estaba a punto de explotar. Sin darme cuenta yo también me había corrido sin necesidad de tocarme.

 

 

Levante español, verano de finales de los setenta. Desde que comenzaron las vacaciones estivales, raro es el día en que mi madre, mi amigo Carlos y yo no cojamos el bus y nos desplacemos a una de las hermosas playas que rodean la ciudad donde vivo.

No me han ido muy bien las calificaciones de final de curso, pero mi madre, a la que le gusta mucho el sol y la playa, me permite acompañarla, agregándose mi amigo y compañero de instituto Carlos, que es como de la familia. Viajamos en el transporte público porque el automóvil familiar lo necesita mi padre, agente de seguros, para su trabajo.
Mi madre es una muy bonita, ya en la treintena larga, que conserva todo su esplendor físico y que le gusta que se fijen en ella. Yo lo compruebo durante los trayectos hasta la playa: más de un aprovechado se refriega disimuladamente en su trasero y más de una vez he visto hacer lo propio a mi amigo Carlos, que reconoce que mi madre está muy bien y es protagonista de sus fantasías masturbatorias.
Tengo la impresión de que las relaciones íntimas con mi padre no van bien últimamente. Desde mi habitación ya no escucho los jadeos que despertaron mi sexualidad y me llevaron a ser un pajillero habitual. El otro día mi madre se puso un camisón muy sexy y se paseó un buen rato ante mi padre, que se mostraba completamente indiferente y no apartó la vista del televisor. En otra ocasión tuvo un arrebato de celos cuando la sorprendió en el baño afeitándose el coñito para lucir mejor el bañador en la playa. Le reprochó que fuera muy coqueta y que todos sus compañeros de trabajo hicieran comentarios muy calientes sobre ella. Mamá pasaba de todo ello y la verdad es que hasta ese momento nunca había dado que hablar y yo estaba muy orgulloso de ella.
En la playa siempre nos situábamos en el mismo lugar, cerca de las casetas de madera que servían de vestuario y que alquilábamos por un módico precio. Las casetas estaban todas seguidas y constituían la delicia de los voyeurs, ya que estaban salpicadas de agujeros interiormente por donde se podían ver las desnudeces de los vecinos sin ser vistos. Más de una vez Carlos y yo nos pajeamos cuando coincidió una tía buena al lado. Como siempre, mamá extendió su toalla, desplegó su sombrilla, se embadurnó de bronceador y se situó debajo leyendo su revista de cotilleos. Nosotros, aguantábamos poco tiempo en esta situación y nos alejábamos para ver a las chicas, bañarnos o jugar al fútbol. Eso sí, cuando apretaba el hambre volvíamos donde mamá y merendábamos con ansia.
En la playa coincidíamos casi siempre las mismas personas: los chavales gritones, la abuelita que solo mojaba los pies, una pecosa que me tiraba los tejos, las parejitas morreándose, la vendedora de helados... y él.
Carlos y yo le llamábamos el Paquetón. Era un culturista narcisista, de unos 40 años, alto y musculado, con mirada fría y postura calculada. No lo habíamos visto nunca en el agua, o bien no sabía nadar o temía que le cayese todo el aceite que le hacía resaltar su cuerpo escultural. Iba y venía, hacía su paseo decenas de veces, presumiendo de body y su paquete, ya que bajo su ajustado slip negro se adivinaba un pollón descomunal. Extendía su toalla muy cerca de la nuestra, se podía boca arriba, todo espatarrado, con aquel bulto que parecía el Everest. Más de una vez descubrí a mi madre observándolo disimuladamente bajo sus gafas de sol, hasta que un día él se dio cuenta y le dirigió una mirada que me sobresaltó.
Esta vez no tuvimos suerte con la caseta asignada. La que teníamos a nuestra derecha permaneció vacía toda la tarde y la de nuestra izquierda la ocupaba el Paquetón.

-Mira que es mala suerte, me dijo Carlos, con lo caliente que estoy hoy. A ver en quién pienso esta noche para meneármela. Como no sea con tu madre.

-A mi madre no se la toca ni con el pensamiento, le espeté enfadado.

-La verdad es que está muy buena, continuó Carlos. ¿No la has visto nunca en pelotas? -Nunca, mentí. La verdad es que cuando era más pequeño la acompañé al fisioterapeuta por una lesión que tuvo en la espalda y por un momento la vi completamente desnuda. Yo esperaba en una salita adyacente y pude ver como el joven masajista trabajó no solamente la espalda, sino más abajo y vi como le metía el dedo en la concha mientras ella respiraba entrecortadamente. No le di mayor importancia porque en aquel tiempo era más ingenuo.
Aquel día Carlos y yo tuvimos autorización de mi madre para alejarnos más. Subimos hasta lo alto de una roca desde la que divisábamos toda la playa. Allí estuvimos un buen rato, hasta que llegó la hora de merendar.

- Vete tú a buscar la merienda, me dijo Carlos, que yo estoy cansado para caminar.
Me dirigí hacia la caseta, y al llegar vi que mi madre no estaba allí. Supuse que se habría ido a bañar o dar un paseo. Cogí la llave de la caseta y la abrí. Rebusqué en el bolso playero y cuando ya tenía los sandwiches y los refrescos comencé a oír gemidos en el compartimento continuo, que hoy ocupaba el Paquetón. Puse el ojo en uno de los agujeros del tabique y vi el culo del culturista en un movimiento de mete-saca. Estaba follando con una tía que no decía otra cosa que máaas, máaas, máassssss...

-Toma, decía el gigantón, que bien se nota que tu marido no te atiente, que tienes el coño estrecho como una virgen.

Cambiaron de postura. La mujer se puso sobre el culturista, que se había sentado en el incómodo banquillo. Cambié de agujero a ver si podía ver el rostro de aquella hembra desbocada, pero el cabello le tapaba parte de la cara y el Paquetón le había metido los dedos de su musculosa mano en la cara para acallar los gritos de aquella loca. A continuación la puso con las manos apoyadas en el banquillo y la penetró por atrás. Fue cuando pude ver el pollón de aquel animal, de unos treinta centímetros y un capullo enrojecido que empezaba a babear. Oía el ruido de unas pelotas como melones golpear la vagina de la afortunada.

Ella se corrió varias veces. El, cuando estuvo a punto, obligó a la mujer a que le chupara con fricción aquella descomunal verga mojada de fluidos y es cuando vi el rostro de la desconocida. La impresión me dejó paralizado. Varias ráfagas de leche cayeron sobre la cara, ojos y tetas de mi madre. Aquel cabrón descargó casi medio litro de semen alojado en sus cojones, pero ella aún tuvo el valor de cogerle el cipote y chuparle hasta la última gota de una lefa muy blanca y espesa...
Mi bañador estaba a punto de explotar. Sin darme cuenta yo también me había corrido sin necesidad de tocarme. Me limpié como pude y salí corriendo, olvidándome de los sandwiches y hasta de mi nombre. Cuando llegué a las rocas, Carlos estaba sesteando.

Al verlo pensé: "Me parece que esta noche más de uno va a pajearse pensando en mi mamá"

Autor: Arturo